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Después de 28 desayunos, el lunes

Cierre de la primera temporada: 28 conversaciones sobre cómo se llega a este oficio, cómo se aprende a hacerse cargo y hasta dónde alcanza la responsabilidad de cada uno.

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Temporada 1 · Cierre de entrevistas

12 min de lectura
Mesa de desayuno con café, magdalena y flores, a la luz de la mañana

Veintiocho conversaciones después, vuelvo a las personas que han pasado por esta primera temporada y a todo lo que fueron dejando encima de la mesa.

Durante veintiocho domingos me han contado qué había sobre la mesa. Han aparecido cafés bebidos deprisa, huevos Benedict en algún lugar bonito de Barcelona, chocolate con churros en la cocina de una madre, tostadas al sol de Málaga y desayunos que empezaban antes de que se despertara el resto de la casa. La pregunta parecía doméstica, casi una manera de entrar en conversación sin molestar demasiado, pero después del café llegaban el despacho, las comunidades y todo aquello que cuesta dejar dentro cuando termina la semana.

También llegó Sergio Waliño, a quien invité a una serie de desayunos y resultó que no desayuna. Se levanta, sale a caminar por el campo durante unas dos horas y come hacia las dos de la tarde, porque practica ayuno intermitente. Alguien tenía que recordarme que el desayuno lo había puesto yo en el título, pero cada uno seguía haciendo con su domingo lo que le parecía.

Habíamos previsto 52 entrevistas con sus 52 bonus y cerramos esta primera temporada de Un desayuno de domingo con… 28 de cada. Nos hemos quedado a medio camino, que es verdad, aunque también lo es que 28 domingos dan para mucho café y para unas cuantas respuestas que pedían quedarse pensando un rato. Empecé queriendo conocer a la persona que había detrás del despacho y he terminado sabiendo qué le preocupa cuando llega el lunes, qué intenta dejar dentro cuando acaba la semana y qué se lleva a casa aunque preferiría no hacerlo.

Antes de entrar en ese lunes conviene saber cómo llegó cada uno hasta allí porque, para una profesión tan aficionada a los procedimientos, los caminos han resultado ser bastante poco ordenados. Irene Gil tenía la administración de fincas en casa y, aun así, no imaginaba que acabaría dedicándose a ella ni que desarrollaría su vida profesional en Algeciras. Cuando explica por qué terminó asumiendo aquellas responsabilidades, dice que el sentido de la responsabilidad siempre le ha podido. Salvador Díez se había quedado sin trabajo, ya tenía un hijo y encontró aquí una oportunidad para salir adelante, de modo que primero llegó la necesidad y bastante después la certeza de que lo suyo consistía en resolver problemas y ayudar a la gente.

Roberto Díaz bajó del andamio, terminó sus estudios inmobiliarios y envió currículos a varios despachos sin que lo llamara ninguno, hasta que propuso a sus propios vecinos hacerse cargo de la comunidad. Fausto Sagarzazu conoció el oficio desde una empresa que gestionaba correspondencia para administradores y, después de ver cómo trabajaban, acabó preguntándose por qué no podía hacerlo él. Con estos comienzos delante se agradece que Kiko reconozca que nunca ha pensado «esto es lo mío», aunque ponga interés en hacerlo bien. La vocación, cuando aparece, no siempre llega a tiempo de explicar la primera factura.

Una vez dentro, lo que suele llegar bastante pronto es la primera metedura de pata. El cuestionario preguntaba por ella y podían haber pasado de puntillas, pero algunos decidieron abrir ese cajón y contarnos lo que había dentro. Laura Morilla recibió de un moroso un sobre con dinero y entregó los recibos sin contarlo delante de él, porque le parecía grosero hacerlo; cuando descubrió que faltaba una parte, tuvo que ponerla ella. Quiso evitarle un momento incómodo a quien tenía enfrente y el momento incómodo terminó siendo suyo, además de salirle algo más caro.

Con José Sánchez Aguilar, la equivocación fue firmar un presupuesto que no correspondía. Reunió a los vecinos, explicó lo sucedido y se comprometió a asumir el coste si el proveedor reclamaba, la comunidad perdía el procedimiento y quedaba obligada a pagar. La sentencia terminó dándoles la razón, pero él había dado la cara antes de conocer el resultado. Federico Cerrato, por su parte, desconocía el plazo para solicitar mantillo al Ayuntamiento y acabó alquilando un vehículo, comprándolo por su cuenta y repartiéndolo con un amigo por los jardines de las comunidades afectadas. Hay errores que se corrigen con una llamada y otros que terminan con las manos bastante más sucias.

Cambian el sobre, el presupuesto y el mantillo, pero en los tres casos aparece la misma necesidad de explicar lo ocurrido, asumir las consecuencias y buscar una salida antes de saber si todo acabará bien. La seguridad llega después, como cuenta Rosa María Marco, que empezó a sentir que dominaba el oficio cuando descubrió que podía escuchar un problema bajo presión y pensar con calma qué necesitaba para resolverlo. No fue durante su primera semana ni al terminar una junta especialmente lucida. Necesitó varios años para reconocerlo.

Esa calma resulta especialmente útil cuando quienes están delante no tienen ninguna intención de ponérselo fácil. Carlos Antón se presenta como quien pone de acuerdo a los vecinos, y Javier Montero, como mediador y conciliador, aunque describa una profesión que a menudo trabaja apagando fuegos. Entre esas definiciones y la pérdida de vecindad que señala Irene aparece algo muy reconocible: el edificio es compartido, pero cada propietario llega a la reunión con su economía, sus prioridades y una relación distinta con quien tiene sentado al lado.

La diferencia se vuelve todavía más visible cuando toca aprobar una obra. Roberto recuerda que puede haber acuerdo sobre la necesidad de rehabilitar una fachada y seguir sin estar nada claro de dónde van a sacar el dinero las familias. La explicación tiene que servir tanto a quien puede pagar como a quien no llega, y el administrador tendrá que seguir atendiendo a ambos cuando termine la junta. Hay decisiones que se entienden perfectamente y, aun así, cuestan mucho.

Ponerse de acuerdo, además, solo abre el siguiente problema: conseguir que lo aprobado se haga. Andrea Morales insiste en que lo que no se anota no existe, y esa anotación necesita el seguimiento del que habla César Sánchez, porque encargar algo y esperar que ocurra deja demasiado trabajo a la suerte. El recorrido tampoco termina necesariamente con la visita del reparador, ya que Nora García comprueba que el propietario sienta que su problema se ha resuelto. Entre un extremo y otro han pasado proveedores, presupuestos, accesos a viviendas y llamadas que alguien ha tenido que coordinar.

Toda esa cadena es lo que Rocío Pérez llama trabajar en el almacén, donde ni se nos ve ni nos luce. Desde fuera se aprecia que la avería continúa o que ya está reparada, pero no siempre las gestiones necesarias para pasar de una situación a la otra. Mientras se espera al proveedor, además, la persona afectada sigue necesitando información, aunque el despacho no tenga todavía una novedad que darle y llamar para decir que seguimos esperando no parezca la tarea más vistosa del día.

El problema del almacén es que nunca termina de cerrar la puerta. Rosa está redactando un acta cuando entra una llamada larga, se acumulan los correos y otras personas intentan localizarla. Pep Bonet querría dejar de tener que contestar inmediatamente a cada mensaje, mientras Roberto se encuentra con el conocido recordatorio de que ha leído un WhatsApp y todavía no ha respondido. Se puede dedicar la mañana entera a atender y llegar al mediodía con buena parte del trabajo pendiente, que es una habilidad bastante particular de este oficio.

Luego están las urgencias de verdad, como el incendio que Javier recuerda, con 24 familias desalojadas y servicios mínimos que había que restablecer. Por eso Ángel Álvarez Carceller insiste en que, si se está inundando la vivienda, hay que llamar. Elegir bien el canal ayuda a que el aviso llegue cuando hace falta, aunque llevemos años utilizando el mismo WhatsApp para una inundación y para preguntar si ya se ha cambiado la bombilla del tercero.

Después de jornadas así, dejar el trabajo dentro del despacho tiene algo de aprendizaje y algo de defensa propia. Luis García lo deja fuera del fin de semana, e Isabel Ocaña explica el final de la jornada como bajar el cierre de un local. Rocío cuenta, en cambio, que adelanta trabajo los domingos desde el sofá, y Kiko admite lo difícil que resulta separar la vida de una empresa familiar, aunque haya dejado su teléfono personal fuera del alcance de llamadas y correos de clientes. Lito Garay habría agradecido aprender antes a no llevarse los problemas a casa, mientras Ángel reconoce que respetar los horarios le ha costado muchísimo. Desconectar queda muy bien como consejo; conseguirlo mientras siguen entrando incidencias tiene algo más de trabajo.

También exige que salgan las cuentas, porque los límites que no caben en el presupuesto suelen acabar pagándose con horas. Carlos pide ajustar los honorarios al tiempo que cuesta cada cliente, y Jorge Casares relaciona cobrar barato con acabar trabajando mal. Cuando Eduardo Macho encuentra presupuestos con precios de 2010 que siguen utilizándose porque alguien dijo al empezar que aquello era lo que se cobraba, resulta más fácil entender de dónde salen algunas jornadas interminables. Si una comunidad exige más tiempo del que se está cobrando, es fácil compensarlo alargando el día, y el domingo queda bastante a mano.

Cuando las horas y los números dejan de encajar, cada uno tiene que decidir qué despacho puede y quiere sostener. Rubén Llach considera urgente convertirse en empresa, mientras Federico ha cedido buena parte de su cartera a un profesional que empezaba y combina ahora la administración con la eficiencia energética. Alberto Izquierdo, ante la concentración de carteras, todavía se pregunta si debe resistir, crecer o vender. Me gusta que deje la duda sin resolver, porque alguien con experiencia puede contar lo que está viendo sin llevar preparada una solución para los próximos cinco años. Bastante tenemos con que el lunes salga aproximadamente como estaba previsto.

Sea cual sea el tamaño elegido, el lunes sigue llegando con sus correos, facturas e incidencias, así que varios despachos han puesto herramientas a trabajar antes de que aparezca el equipo. Roberto lee durante su desayuno el resumen que una automatización ha preparado con los mensajes pendientes; Andrea imagina un futuro con mucho menos tecleo y más tiempo para asesorar, y Rubén y Lito esperan que esa reducción del trabajo interno les permita estar más cerca de las comunidades. En estos casos la tecnología tiene un propósito bastante reconocible: quitar trabajo de donde se repite para recuperar tiempo allí donde hace falta una persona.

Eso no significa que todos miren esas herramientas desde el mismo sitio. Kiko utiliza automatizaciones, pero advierte de que las empresas que las proporcionan pueden acabar sustituyendo parte de los servicios profesionales. Su preocupación convive con el límite que marca Irene, que no delegaría en una máquina decisiones que afecten a personas, y con las dudas de Alberto sobre lo que podemos asegurar que una máquina nunca hará. Después de 28 conversaciones, lo raro habría sido que todos estuvieran de acuerdo.

Mientras se aclara ese futuro, Isabel recuerda que siguen existiendo propietarios que necesitan papel o prefieren hablar por teléfono, y Luis insiste en que los edificios requieren una inversión continuada antes de que algo deje de funcionar. Se podrán automatizar las facturas, clasificar los correos y preparar borradores, pero las comunidades seguirán reuniendo edificios que envejecen y personas que no se relacionan todas de la misma manera con una pantalla.

Y alguien tendrá que aprender a gestionar todo eso. A Sofía García le preocupa el conocimiento de los profesionales que se jubilan sin que haya siempre otra persona preparada para recibirlo, porque reconocer una situación o saber cómo abordar una conversación delicada necesita práctica y alguien dispuesto a enseñar. Los errores que Laura, José y Federico han contado forman parte de ese aprendizaje, aunque seguramente no sean lo primero que uno pondría en la presentación comercial de su despacho.

Por eso Toño Taborga insiste en formarse y conocer a otros administradores, y Eduardo distingue un antes y un después de empezar a compartir experiencias con compañeros. Tal vez estas entrevistas hayan acabado siendo una versión doméstica de esa conversación, con personas que no estaban sentadas en la misma mesa, pero podían reconocerse en los problemas y en las soluciones de los demás. Después, cada bonus ha recogido una idea y ha seguido con ella cuando el invitado ya había terminado de desayunar.

La pregunta sobre cómo les gustaría ser recordados dentro de veinte años solía cambiar el tono. Jorge habla de que dijeran que fue su amigo; Salvador, de haber cumplido con eficacia y honradez; Roberto quiere que siga apareciendo el albañil que fue antes de administrar fincas. Después de dedicar tantas respuestas a herramientas, procesos y edificios, el programa de gestión desaparecía con sorprendente facilidad en cuanto la conversación llegaba a lo que cada uno quería dejar detrás.

Gracias a los 28 por contar los comienzos, las dudas y las equivocaciones junto con todo aquello que les funciona, y también por dedicar tiempo a un cuestionario al que Kiko, según contó, dedicó dos horas, después de las cuales decidió proponerme a mí como próximo entrevistado. Todavía no tengo claro si aquello era una invitación o un ajuste de cuentas. Gracias también a quienes se apuntaron, a quienes empezaron a responder, a quienes llegaron hasta el final y a quienes han seguido las entrevistas y los bonus durante estos meses. Me hizo especial ilusión que dos personas pidieran participar sin conocerme, porque una de ellas abrió además la sección para que cualquiera pudiera proponerse y nos recordó que la serie podía crecer fuera de la lista que yo había preparado.

Quedan invitaciones enviadas y cuestionarios a medio terminar, así que habrá personas a las que esperar cuando llegue la segunda temporada. Por ahora toca volver a la primera entrevista, donde Manolo Sancho prepara el ColaCao con unas gotas de leche al principio y el resto poco a poco. Entre semana lo aguardan un equipo de unas 45 personas y aquel «ya que estás aquí, ¿puedo preguntarte una cosa?» que le cambia la mañana, pero ese domingo acaba de descargarse el diario y se concede diez minutos sin hacer nada.

Después de 28 desayunos, me parece un buen sitio para parar: Manolo con el diario abierto, el ColaCao todavía a medio hacer y diez minutos por delante en los que nadie le pregunta nada. Ya tendremos tiempo de volver a molestar.

Las 28 entrevistas