Skip to content
Temporada 1 administración de fincas Gipuzkoa gestión relaciones vecinales

Un desayuno de domingo con Fausto Sagarzazu: aprender a moverse entre grietas

Fausto Sagarzazu trabaja solo, empezó en el sector en 2022 y define la profesión como una selva bastante tupida. Entre café fuerte, paciencia y método, dibuja un oficio donde cada vez pesa menos la pura tramitación y más la gestión de relaciones humanas.

F

Entrevista a Fausto Sagarzazu

10 min de lectura
Fausto Sagarzazu, administrador de fincas
Ilustración: Gemini

Fausto se despierta el domingo con lo que él llama su despertador natural. No pasa de las ocho. Tampoco parece necesitar más ceremonia. Los primeros diez minutos siguen un orden tan simple como reconocible: primero el café, luego las tostadas. Y el desayuno, cuando puede hacerlo con calma, tiene algo de escena repetida y afinada con los años: un café largo y muy cargado, con muy poca leche, apenas la justa para cambiar el color; una cucharada de miel; dos tostadas con tomate y jamón; y, a veces, si el domingo viene bien dado, un zumo de naranja.

No es un desayuno aparatoso. Es un desayuno tranquilo. Y esa tranquilidad, más que el menú, parece ser lo que de verdad intenta proteger del fin de semana: la paz del viernes por la noche y la sensación de tener por delante dos días enteros de fiesta. Cuando la semana viene cargada, el lugar al que vuelve para recuperar algo parecido a la calma no está en casa ni en el despacho. Está en la montaña.

Esa necesidad de aire encaja bastante bien con la forma en que describe su trabajo. Si no pudiera decir que es administrador de fincas, se presentaría de otra manera: “soy un MULTI-gestor”. La palabra no suena a chiste ni a pose. Suena a descripción exacta. Gestionar muchas cosas a la vez, de naturaleza distinta, y hacerlo además sin parapeto, porque trabaja solo. Lo dice con otra fórmula que tiene más retranca: como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.

Cuando a ese oficio le busca un paisaje, tampoco elige una imagen amable. Para Fausto, la profesión es una selva bastante tupida. Detrás de la vegetación puede aparecer cualquier cosa: más vegetación, una grieta, un precipicio o un rincón agradable con un riachuelo. No hay mucho que añadir. La imagen se explica sola.

En casa, el objeto que mejor le retrata es su biblioteca. No le pone comentario. La deja ahí, como se dejan las cosas que uno no necesita defender demasiado.

Lo interesante es que tampoco habla del oficio como una vocación súbita. No hubo un instante limpio en el que pensara “esto es lo mío”. Fue un proceso. Empezó trabajando en una empresa proveedora de servicios para administradores de fincas, gestionando correspondencia para despachos, y de tanto ver cómo trabajaban otros acabó haciéndose una pregunta bastante directa: ¿y yo, por qué no? A partir de ahí empezó a construir su sitio.

La primera comunidad que le contrató lo hizo para gestionar una obra de rehabilitación de fachada. No es mal bautismo para entrar en el sector. Ahí ya aparecen juntos varios de los ingredientes del oficio: dinero, plazos, vecinos, expectativas y posibilidad bastante real de conflicto.

El aprendizaje más duro no llegó, sin embargo, por una obra, sino por una comunidad en la que descubrió que el presidente robaba. Convocó una junta y esperaba una reacción clara. No la hubo. Para su sorpresa, los comuneros no se lanzaron contra el ladrón, sino contra él. Le dijeron que tampoco era para tanto, que se estaba excediendo. Ahí entendió algo que no ha olvidado: el comportamiento de un individuo cambia dentro de un grupo. La mayor parte de la gente, dice, se acobarda y adopta un comportamiento gremial. No es una reflexión teórica. Es una conclusión sacada a golpes de realidad.

Quizá por eso, cuando resume un día normal, lo hace sin épica y sin adornos. Arranca con el correo, el listado de tareas y el calendario. El punto crítico suele venir de una junta. El cierre llega cuando vuelve tarde a casa y se sienta a cenar. Entre una cosa y otra, lo que aparece es menos un horario que una secuencia de tensiones.

Recuerda una junta en particular. Una comunidad había perdido una subvención porque se habían agotado los fondos y, a partir de ahí, lo único que querían muchos era encontrar un culpable. La solución no fue brillante ni teatral. Fue más bien lo contrario: exponer datos, explicar, poner sobre la mesa otros casos semejantes. Lo admitieron. No porque el ambiente se volviera amable de repente, sino porque a veces la única forma de bajar una temperatura absurda es devolver la conversación a los hechos.

Eso enlaza con una de sus herramientas de trabajo menos vistosas y más necesarias: la paciencia. Cuando le preguntas qué hace para que los acuerdos no terminen en el clásico “yo entendí otra cosa”, responde de manera casi literal: es muy, muy, muy paciente explicando las cosas una y otra vez. La frase tiene algo de cansancio y algo de método. Probablemente las dos cosas.

Porque si algo tiene claro Fausto es que el principal problema en las comunidades no suele ser técnico. Los mayores problemas, dice, son problemas de relación. En general, por intransigencia. Luego viene el dinero, por supuesto. Cualquier derrama que exija un esfuerzo económico importante puede partir una comunidad en dos. La pela es la pela, resume, y a partir de ahí surgen heridas primero y cicatrices después, de las que se quedan.

A veces ni siquiera hace falta una gran obra para que todo se complique. Basta un atasco. Luego un desbordamiento de agua. Una solución aparente. Un nuevo atasco. Rotura de techo, pladur y él allí, por supuesto, con el desatascador, intentando calmar ánimos. La escena tiene algo entre doméstico y absurdo, pero retrata bien una parte del trabajo: hay momentos en los que la gestión se parece menos a una mesa de despacho que a estar en medio del problema, con los vecinos alrededor y el margen de maniobra reducido al mínimo.

Para que ese caos no termine imponiendo su lógica, el método cuenta. Cuando entra una incidencia, el recorrido está bastante claro: puede llegar por teléfono, correo, WhatsApp o aplicación; después toca contactar con el proveedor; informar a quien ha dado la alarma, o a toda la comunidad si la importancia del asunto lo exige, de que el aviso ya se ha dado y de cuándo va a acudir el profesional; recibir el aviso del profesional cuando la incidencia está resuelta; y volver a comunicarlo para cerrar el circuito. No parece sofisticado, pero sí muy consciente de algo esencial: la gente no solo necesita que se actúe, necesita saber qué está pasando.

Con las facturas aplica una lógica parecida. Normalmente las paga un día a la semana, aunque no siempre. Primero coteja el presupuesto y, si no lo hay, valora la cantidad. Si le parece correcta, revisa el número de cuenta que debe tener guardado. Si no coincide, llama al proveedor. Luego paga, contabiliza en el programa de fincas y archiva. Es un recorrido sobrio, pero no ingenuo. En su propia comunidad ya vivieron una estafa de cincuenta mil euros por el pago de una obra: accedieron al correo del administrador, tomaron la factura y cambiaron el número de cuenta. Después de ver eso de cerca, revisar deja de parecer manía y pasa a parecer sentido común.

En tecnología no habla como quien colecciona herramientas. Habla como quien les pide utilidad. Sus tres imprescindibles son Fynkus, Google Drive y, desde hace unos meses, la inteligencia artificial. Fynkus no aparece solo como software de gestión, sino como algo más estructural: un buen software, dice, te traslada una filosofía de trabajo, te empuja a trabajar de una manera determinada. Ahí hay una idea interesante. No se trata solo de lo que hace la herramienta, sino de cómo acaba ordenando a quien la usa.

Drive le sirve para almacenarlo todo. Y la inteligencia artificial le vale para muchas cosas: pautas para respuestas complicadas, comparativas, cuestiones técnicas que desconoce en presupuestos de arquitectos, cuadros de reparto y otros asuntos donde conviene tener una primera ayuda antes de decidir. No la plantea como oráculo ni como sustitución, sino como apoyo.

El canal que más le desgasta, de todos, es el teléfono. Le parece intrusivo porque la iniciativa la tiene siempre el otro, es difícil de cortar y muy cansado. En un teléfono nuevo, sin embargo, lo primero que instalaría sería WhatsApp. No porque le entusiasme, sino porque lo considera ya un apéndice más del propio teléfono. Y, si tuviera que empezar limpiando, la primera que eliminaría sería TikTok.

Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, no duda ni un segundo: completamente prohibido mandar notas de voz por WhatsApp. No hace falta que se extienda mucho más para entender por qué.

Cuando la conversación salta al estado de la profesión, Fausto deja una idea que no conviene pasar por alto. Internamente, cree que muchísimos despachos todavía tienen que modernizarse y empezar a gestionarse de verdad como negocios, grandes o pequeños, con todo lo que eso conlleva. Hacia fuera, en cambio, lo que detecta es otra carencia: falta por todos los lados pedagogía para explicar cuál es realmente el papel del administrador. La mayor parte del público, dice, no tiene ni idea.

En cuanto a oportunidad, ve mucha en la rehabilitación. Hay muchísimo por hacer todavía. Y añade otra línea menos vistosa pero nada menor: hay que meter mano a las comunidades sin administrador, normalmente muy pequeñas, ofreciéndoles servicios puntuales, de pago por uso, o herramientas de autogestión como las que ya existen en otros países.

Su reflexión sobre el futuro va un poco más lejos. Cree que buena parte de lo que hoy ocupa a los administradores, gestión económica, incidencias, comunicación, acabará convirtiéndose en algo que todo el mundo dará por sentado, una commodity. Lo interesante no es la palabra, sino lo que arrastra detrás. Si eso sucede, el valor del oficio se desplazará. Habrá que posicionarse como gestor de relaciones interpersonales, porque ahí no ve a la inteligencia artificial resolviendo el problema. Y, además, hará falta un enfoque más proactivo en el mantenimiento de los edificios, menos reactivo que el actual.

Cuando se le pide consejo para alguien que empieza, no recurre a fórmulas inspiracionales. Lo dice de manera más seca y seguramente más útil: recuerda que, en general, no te agradecerán tu trabajo por mucho que te esfuerces. Hazlo bien y cobra lo que haces, pero no te tomes nada de manera personal. Hay experiencia en esa frase y también una forma de protegerse.

Quizá por eso, cuando imagina cómo le gustaría que lo recordaran dentro de veinte años, no habla de crecer, ni de volumen, ni de prestigio abstracto. Le basta con algo más pequeño y más serio: que en su minúscula parcela hizo las cosas bien, profesional y personalmente. Que lo recuerden como un buen profesional y una buena persona.

Antes de terminar, deja una referencia a la que vuelve mentalmente a menudo: Magallanes, de Stefan Zweig. Le interesa esa determinación por lograr un objetivo a pesar de las mil y una peripecias. Y añade algo que también dice bastante de su manera de estar en el oficio: cuando piensa en ese viaje y compara aquella travesía con sus propios problemas, le entra la risa. No porque desaparezcan, sino porque cambian de tamaño.

Y, antes de levantar la mesa, deja también dos nombres para que la conversación siga: Mikel Arruabarrena y Raffaelina Loi. No como un trámite, sino como quien señala a dos personas que merece la pena escuchar si uno quiere seguir entendiendo por dónde se mueve hoy este oficio.

Quizá ahí se cierre bien la escena. Un café fuerte, una biblioteca, la montaña al fondo, y un administrador que no habla de la profesión como quien ha encontrado una fórmula definitiva, sino como quien ha aprendido a moverse en una selva donde detrás de la vegetación puede aparecer casi cualquier cosa.

Citas destacadas

1 / 4
"Soy un MULTI-gestor."

— Fausto Sagarzazu

Contenido bonus

Entrevistas relacionadas