Aunque sea domingo, Salvador se despierta pronto, entre las siete y las ocho, más por costumbre que por necesidad, después de tantos años empezando el día a la misma hora el cuerpo va por delante del reloj y la mañana arranca casi sola, con el aseo, la rutina y ese orden pequeño con el que uno empieza a ponerse en marcha antes de pensar demasiado. Luego llega el desayuno, en la cocina de casa, en esa isla donde los fines de semana él y su mujer pueden sentarse juntos sin mirar la hora, algo que entre semana apenas ocurre, y ahí, entre el café y algo dulce, hoy sobaos pasiegos, aparece una forma muy suya de estar en el día. No necesita adornar la escena para darle valor. Le basta con ese rato tranquilo, compartido, precisamente porque sabe que de lunes a viernes casi nunca lo tiene.
Eso es seguramente lo que más intenta cuidar para que el trabajo no se lo coma todo, estar con la familia, hacer algo de deporte, ir al cine, volver a cosas sencillas que durante la semana se van dejando para luego y muchas veces no llegan. También por ahí recupera la calma cuando le hace falta, paseando por Valladolid si el tiempo acompaña o encendiendo una pequeña chimenea en invierno, porque, dice, el fuego y el agua siempre le relajan, y como allí no hay mar, la chimenea hace un poco ese papel.
Cuando se le pide que elija un objeto con el que retratarse, no mira hacia la oficina ni hacia una mesa de despacho, sino hacia una maleta, simplemente porque le encanta viajar, y en esa elección ya se adivina otra parte de Salvador, ese gusto por salir, cambiar de sitio y tomar distancia.
Esa misma naturalidad aparece también cuando habla de su trabajo. Si no pudiera decir que es administrador de fincas, no buscaría una frase brillante ni una definición con vuelo, sino algo mucho más directo: diría que tiene un despacho en el que gestionan comunidades de propietarios. Y en esa forma de contarlo se nota bastante bien su relación con el oficio, más dada a hacerlo que a decorarlo. Cuando intenta convertir la profesión en una imagen, además, no le sale nada quieto ni perfectamente ordenado, sino una mezcla de edificios, vecinos, peatones, coches y movimiento, un paisaje en el que todo parece seguir en su sitio mientras por debajo no deja de cambiar. Así entiende también su trabajo, no como algo quieto, sino como una realidad que obliga a estar pendiente porque nunca termina de quedarse del todo en calma.
Tampoco llegó a él por un camino especialmente ordenado. A Salvador el oficio no le apareció como una decisión pensada con tiempo ni como una vocación de las de siempre. Le llegó de una forma bastante más brusca, porque se quedó sin trabajo cuando ya tenía un hijo y esta profesión apareció delante como una oportunidad, de modo que entró en ella con poco margen para detenerse a pensar. Por eso le encaja bien una frase de Marco Aurelio, acepta aquello a lo que el destino te ata, que cita no para darse importancia, sino porque le sirve para contar con bastante exactitud lo que pasó: primero vino la necesidad, luego el trabajo y, bastante después, la certeza de que lo suyo consistía en resolver problemas y ayudar a la gente, una forma sobria de decir algo que al final ha terminado ordenándole buena parte de la vida.
La entrada, además, tampoco fue suave. Se incorporó a un despacho que ya existía y tuvo que ponerse al día con muchos edificios distintos a la vez, sin apenas tiempo para mirar las cosas despacio ni para aprender de forma gradual, así que no hubo un primer cliente en el sentido reconocible de la expresión, sino trabajo desde el primer día y la obligación de ponerse con ello para sacar el despacho adelante. También los errores los cuenta desde ahí, sin dramatismo, como quien sabe que forman parte del camino y que no merece la pena agrandarlos. Dice que ha cometido muchos y que ni siquiera recuerda el primero, aunque sí guarda uno que todavía cuenta casi con una sonrisa, aquella vez en que la fotocopiadora mezcló la convocatoria de una reunión con las cuentas de otra comunidad y nadie se dio cuenta hasta que empezó la junta, con el resultado de que hubo que suspender las dos y repetirlas. Lo que queda al final, de todos modos, no es solo el tropiezo, sino lo que vino después, porque ambas comunidades siguen siendo clientes del despacho, como si el tiempo también sirviera para poner cada error en su sitio.
Con los años, esa forma de trabajar se le ha ido ordenando en un día que empieza pronto. A las ocho ya está en la oficina, y esa primera hora antes de abrir al público le sirve para adelantar y ordenar asuntos antes de que entren las llamadas, los correos y las incidencias que van moviendo el resto de la jornada, porque el trabajo depende menos de lo previsto que de lo que va saliendo. Casi siempre aparece alguna avería o algún asunto enquistado desde hace tiempo, con el añadido de que cada vez cuesta más encontrar profesionales y eso alarga todavía más los plazos. Si no hay junta, el final del día resulta más reconocible: a las nueve ya han cenado y ven las noticias; si la hay, la reunión manda sobre casi todo lo demás, hasta el punto de que le sale esa broma de no saber ya qué puede ser peor, si una junta complicada o el telediario.
Y es precisamente en esas juntas donde se ve una de las partes más delicadas del oficio, conseguir que las comunidades hablen, decidan y no se queden atrapadas una y otra vez en el mismo punto. Entre las reuniones que recuerda con más tensión están las de 2021 y 2022, cuando el precio de la energía disparó el coste de la calefacción en muchas comunidades, un servicio que en esa zona no se vive como un extra, sino como algo básico, y en uno de los edificios que administra llegó a generarse un déficit importante. La reunión se volvió especialmente tensa, con unos vecinos defendiendo mantener el horario a cualquier precio y otros pidiendo reducirlo porque el gasto se había disparado. Aquella primera vez ni siquiera se pudo votar, hubo que suspender la reunión, probar durante una semana un horario reducido y volver a sentarse después para ver qué había pasado, y ya en la segunda convocatoria salió una solución intermedia: alargar el servicio durante quince días y recortarlo más tarde, cuando la primavera estuviera más cerca, una fórmula que con el tiempo ha terminado asentándose. El problema, admite, no ha desaparecido del todo, pero al menos dejó de presentarse como un choque sin salida.
De experiencias así sale también su empeño en evitar que, al terminar una reunión, cada uno salga con una versión distinta de lo acordado, y por eso en las comunidades grandes o en los asuntos más delicados recurren a formularios y a votaciones por escrito, no por gusto al papeleo, sino para dejar claro qué se vota exactamente y qué ha salido adelante. A su juicio, además, no todos los problemas duran ni desgastan igual. Los de mantenimiento y obras son importantes, cuestan dinero, generan molestias y suelen traer discusiones, pero normalmente se debaten y se acaban resolviendo; los de convivencia, en cambio, se alargan más, se meten más dentro y son bastante más difíciles de encarar. Esa diferencia también se nota cuando llegan las derramas, que rara vez se discuten solo como una cifra, porque detrás de cada importe están tanto la capacidad económica real de una comunidad como el límite de lo que cada edificio puede asumir. En su despacho las han dividido desde dos hasta noventa y seis meses, y las más largas corresponden a rehabilitaciones financiadas con fondos Next Generation, de manera que más que una regla general lo que aparece ahí es la necesidad de ajustar cada solución a cada comunidad.
A veces, además, el oficio se concentra en episodios que se quedan pegados a la memoria. Entre los siniestros que recuerda hay uno que no se borra fácilmente por la fecha, la noche del 31 de diciembre de 1999, cuando él no estaba en Valladolid y, a las once y media, una tubería se rompió en un edificio histórico y empezó a caer agua en una vivienda. El portero, al ver que aquello no paraba, tuvo que cortar el agua fría, el agua caliente y la calefacción en pleno invierno y en plena fiesta, y Salvador se enteró al día siguiente, así que a partir de ahí vino lo que suele venir en estos casos: conseguir que el calefactor fuera el 1 de enero por la tarde, contener daños, entrar después en la peritación y sostener durante meses un problema especialmente delicado porque la propietaria tenía antigüedades difíciles de valorar, hasta el punto de que el asunto no se cerró hasta el verano.
Fuera de esos episodios más visibles, el despacho funciona hoy con una capa de herramientas que ya no son accesorias, sino parte de la jornada. La tecnología está incorporada al trabajo sin necesidad de convertirla en discurso. El correo electrónico es la vía de comunicación que más usan y la que a Salvador le parece más eficaz, aunque el volumen obliga a buscar ayudas para controlarlo mejor; WhatsApp lo utilizan sobre todo con conserjes y empresas de mantenimiento, por la rapidez con la que permite compartir imágenes y vídeos; el teléfono, en cambio, sigue siendo el canal que más desgaste produce, porque cada llamada obliga a responder en el acto y deja muy poco margen para pensar antes de contestar. Por eso, si pudiera imponer una norma digital durante un mes, sería que todos los propietarios tuvieran correo electrónico, algo que no ocurre siempre en una cartera con muchos edificios del centro y mucha gente mayor.
En esa misma lógica entra también la manera en que una incidencia debería avanzar desde que aparece hasta que se cierra: comunicación del afectado, alta en el sistema, asignación a un profesional, resolución, comprobación, factura y liquidación, aunque lo que de verdad le interesa no es tanto el orden ideal como el hecho de que, en la práctica, puede fallar cualquiera de esos pasos, desde una mala descripción del problema hasta el importe final, así que buena parte del trabajo consiste precisamente en corregir lo que se tuerce antes de que arrastre al resto. Con las facturas pasa algo parecido. La mayoría llegan por medios telemáticos y casi todas pasan por los administradores; algunas, las periódicas, entran de forma más automática, pero las que vienen de un presupuesto o de una incidencia obligan a comprobar que el trabajo está realmente hecho y que lo que el proveedor da por terminado coincide con lo que el cliente entiende por bien ejecutado, que es donde suele aparecer una de las complicaciones más habituales.
Y junto a esa necesidad de control aparece otra preocupación menos visible, pero nada excepcional en su día a día: el fraude. En su caso no es algo lejano, sino una incidencia bastante frecuente. Les ha pasado incluso que alguien accediera a su perfil en una entidad financiera, aunque aquella vez lograron detectarlo a tiempo y resolverlo sin consecuencias, y también han sufrido cargos fraudulentos en tarjetas de crédito, finalmente asumidos por la entidad.
Desde ahí mira también a lo que viene. La inteligencia artificial todavía ocupa un lugar pequeño en el despacho, aunque ya la están usando para alguna acta, comparaciones de documentos y búsquedas concretas y, aunque todavía no dependen de ella, tienen claro que acabarán haciéndolo, igual que hoy dependen del móvil o del correo electrónico. Lo que más les cuesta, por ahora, es decidir con cuál trabajar, y por eso sospecha que acabarán usando más de una, aunque muestra especial interés por la que pueda ofrecer el Consejo General, precisamente porque sería la única que sentirían un poco más suya. Cuando mira hacia delante, de hecho, lo que le preocupa no es elegir entre tecnología y trato personal, sino conseguir que una cosa no se lleve por delante a la otra, porque cree que ahí está uno de los problemas serios de la profesión: hacer compatible la tecnología con la atención directa. No piensa que la tecnología deba servir para quitar personas, sino para dar mejor servicio. En su caso, por la edad de muchos edificios que administra, la oportunidad más clara está en la rehabilitación, mientras que la digitalización, más que una oportunidad, es ya una necesidad, y cuando piensa en el futuro de los despachos lo que ve es un proceso de concentración bastante claro, con grandes grupos por un lado y despachos pequeños y medianos por otro, de modo que estos últimos tendrán que defenderse prestando el mejor servicio posible.
Con todo eso detrás, el consejo que daría a quien empieza, o al que fue él mismo cuando empezó, es muy concreto, si tú mismo no te valoras, nadie lo hará, porque lo que hacen, insiste, es importante, muy importante, ya que afecta a la vida de la gente, y por eso cree que los administradores deben ser capaces de trasladar a sus clientes esa importancia y también la preparación con la que hacen su trabajo. Y cuando la conversación se va acabando tampoco pide mucho para sí. No habla de crecer ni de dejar una huella llamativa, sino de algo bastante más sobrio: hacer su trabajo lo mejor posible, con honradez, y poder mantener siempre la cabeza alta. Eso es lo que le gustaría que dijeran de él, que hizo su trabajo con eficacia y honradez.
Hasta la referencia que deja al final encaja con todo lo anterior. No menciona un manual del oficio ni una serie reciente, sino el mito de la caverna de Platón, que le sirve para recordar algo que en las comunidades aparece muchas veces: que lo que se oye en una reunión no siempre coincide con la realidad completa, porque la mayoría de los clientes satisfechos se quedan en casa y a la mesa llegan muchas veces solo las sombras. Antes de levantarse deja dos nombres para seguir tirando del hilo, Rafa del Olmo y Eliseo Mójica, y la conversación se queda ahí, en esa cocina, con el café ya terminado y el domingo todavía por delante, sin necesidad de rematar nada, como si bastara con volver al principio y dejar que el día siguiera su curso igual que empezó, despacio, sin despertador y sin hacer ruido.