Rocío Pérez Rodríguez no suele darle muchas oportunidades a la mañana del domingo. Como muy tarde, a las nueve ya está despierta. «Soy carne de pobre», dice. Los primeros diez minutos tampoco tienen demasiado misterio: se tira en el sofá y deja la televisión encendida. Después vendrá el desayuno, que puede tomar en la cama, con un kéfir y unas tostadas con tomate y jamón serrano.
La escena podría servir para hablar de desconexión, si no fuera porque ella misma la desmonta enseguida. Cuando le pregunto qué intenta proteger del fin de semana para que el trabajo no se lo coma, responde que nada. En temporada alta incluso le gusta levantarse temprano y adelantar trabajo desde ese mismo sofá, teletrabajando mientras la casa todavía conserva el ritmo del fin de semana. No hay una frontera cuidadosamente trazada entre domingo y despacho porque, al menos para ella, trabajar un rato desde casa tampoco parece tener el mismo peso que hacerlo atrapada en el ritmo de una mañana cualquiera.
Cuando la semana sí pesa, lo que necesita es quedarse en casa tranquila y no quedar con nadie. Tiene su gracia, porque el objeto que mejor cree que la representa son precisamente las fotos que guarda de su familia y de sus amigos. Le encanta su gente y se define como muy de socializar, aunque eso no impide que, cuando necesita recuperar fuerzas, prefiera cerrar la puerta y quedarse sola.
Cuando le retiro por un momento la tarjeta de visita y le pido que se presente sin utilizar las palabras «administradora de fincas», tampoco necesita demasiadas palabras: «Gestiono edificios». Y si el oficio tuviera que convertirse en paisaje, elige un campo de golf. No añade una teoría alrededor de la imagen ni hace falta buscarla por ella. La deja encima de la mesa y seguimos desayunando.
Rocío trabaja en el sector desde 2001. Sus primeros encargos fueron ir a los bancos y encargarse de las gestiones de calle, esa parte del oficio que durante años obligaba a salir del despacho para que las cosas simplemente ocurrieran. No recuerda su primera metedura de pata, pero sí identifica perfectamente uno de esos momentos en los que siente que está donde quiere estar: cuando sale victoriosa de una junta.
La frase cobra otro sentido cuando describe un día normal. Llega al despacho y muchas veces no sabe por dónde empezar, así que acaba haciendo tres cosas a la vez. Entre las once y la una llega el tramo más difícil: el teléfono y las visitas no le dejan respirar. El problema no es solo cuánto hay que hacer, sino cuántas veces hay que dejar de hacer una cosa para atender otra.
Al final de esa primera parte del día termina psicológicamente agotada, a veces sin tener demasiado claro qué estaba haciendo antes de la última interrupción o qué se ha quedado pendiente. Entonces duerme una siesta y, según cuenta, queda «como nueva» para afrontar las juntas de la tarde. La jornada puede acabar a cualquier hora, pero todavía conserva una última costumbre: cuando llega a casa redacta el acta esa misma noche.
Quizá por eso el teléfono es, con diferencia, uno de los canales que más la desgasta. A él se suman las visitas sin cita previa, que entran en el despacho con la misma capacidad para romper cualquier planificación. No es difícil reconocer ahí la mañana que acaba de describir: una tarea abierta, otra que entra, una llamada y alguien que aparece por la puerta.
El equipo de Amatur tiene una estructura particular. Rocío y su hermano se ocupan directamente de buena parte de la gestión, con ayuda de becarios, mientras la contabilidad y la facturación están subcontratadas. La división llega hasta el punto de que, cuando le pido que describa el recorrido de una factura desde que entra hasta que se paga, responde sencillamente que no lo sabe: esa parte está externalizada y las facturas van directamente al correo correspondiente.
Con las incidencias sucede lo contrario. Ahí sí conoce el recorrido porque forma parte de su trabajo diario. Se abre la incidencia en el CRM, se contacta con el proveedor o con el seguro, se fija una fecha para hacer seguimiento y no se da por concluida hasta que todo está gestionado.
Precisamente en ese proceso aparece una de las pocas cosas que Rocío cambiaría de inmediato si pudiera. Durante un mes impondría una norma digital bastante más ambiciosa que silenciar notificaciones o restringir horarios: quiere que, cuando entre una llamada a través del CRM, el propio sistema pueda trasladar la avería al proveedor, enviar un SMS al cliente y encargarse del seguimiento hasta que quede resuelta, informándole de cada paso.
La idea encaja con sus tres herramientas imprescindibles. La primera es el CRM, porque necesita saber qué tiene que hacer y qué gestiones se han realizado. La segunda es PLAUD, que utiliza para redactar las actas y también para grabar las juntas, precisamente para evitar que un acuerdo acabe convertido unos días después en un «yo entendí otra cosa». La tercera es ChatGPT, al que recurre para redactar correos, revisar contratos, comprobar inspecciones y resolver otras tareas que van apareciendo durante el día.
No describe la tecnología como un territorio aparte del oficio. En su caso aparece pegada a los sitios donde más fricción encuentra: recordar lo pendiente, dejar constancia de lo ocurrido, escribir después de una junta o quitar trabajo manual de una incidencia. El escenario que imagina para el CRM no consiste en recibir una alerta más, sino justamente en evitar una cadena de llamadas, avisos y comprobaciones que hoy tiene que hacer una persona.
Con el fraude digital, en cambio, la respuesta es deliberadamente poco sofisticada. Han recibido muchos intentos, pero tienen una regla sencilla: no abrir enlaces y, cuando algo resulta sospechoso, enviárselo al informático para que lo analice. No intenta convertir la prudencia en una técnica de ciberseguridad más compleja de lo que es.
Cuando salimos del despacho y volvemos a las comunidades, aparece una queja mucho más difícil de automatizar. Para Rocío, el principal problema es que los propietarios no siempre valoran el trabajo de un administrador porque buena parte de ese trabajo sucede donde no se ve. Lo explica con una frase bastante gráfica: «Trabajamos en el almacén y ni se nos ve ni nos luce».
El proveedor al que se llama, la fecha que se apunta para comprobar si ha ido, el seguro con el que hay que hablar, la incidencia que sigue abierta mientras aparentemente no ocurre nada, la llamada que interrumpe otra gestión o el acta que se redacta al llegar a casa forman parte de ese almacén. Son horas de trabajo que difícilmente se convierten en una fotografía del resultado y que, cuando todo sale bien, incluso pueden desaparecer de la percepción del propietario.
Los conflictos económicos son bastante más visibles. Las derramas capaces de dividir una comunidad son, para ella, las que obligan a hacer un esfuerzo importante, como una reforma integral del edificio o la compra de un ascensor. Ahí el problema ya no permanece en la trastienda: llega directamente al bolsillo y las posiciones se vuelven más difíciles de acercar.
Con los siniestros no elige una historia concreta. Los odia todos. La respuesta es breve y se queda así, sin necesidad de buscarle una inundación, un incendio o una anécdota que ella no ha contado. Hay partes del oficio que simplemente no apetece convertir en relato.
Tampoco hay respuestas para fabricar un pronóstico sobre los próximos veinte años de profesión. Rocío dejó sin completar las preguntas sobre el reto más urgente, las oportunidades que ve en rehabilitación, digitalización o mediación, cómo imagina los despachos del futuro o qué consejo daría a quien empieza. Forzar una conclusión desde ahí significaría ponerle una voz que no ha utilizado.
Queda, en cambio, bastante de ella en lo que ya ha contado. Está la persona a la que le gusta socializar y que guarda fotos de familia y amigos, pero que después de una semana difícil solo quiere quedarse tranquila en casa. Está la administradora que disfruta cuando sale victoriosa de una junta y la que llega al despacho sin saber por dónde empezar porque sabe que dentro de unos minutos estará haciendo tres cosas a la vez. Está también la que graba una reunión para que nadie tenga que reconstruir después lo que se decidió y la que imagina un CRM capaz de hacer por sí mismo parte del trabajo que hoy se acumula entre llamada y llamada.
Y está el sofá.
El domingo empezó allí, con la televisión encendida y sin demasiada prisa por hacer otra cosa. En temporada alta puede acabar siendo también el sitio desde el que abre el ordenador y adelanta trabajo unas horas antes de que llegue el lunes. A Rocío, por lo visto, eso tampoco le estropea el domingo.
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