Si pudiera elegir, Irene Gil Pérez recuperaría aquellos domingos adolescentes en los que era perfectamente posible seguir en la cama hasta las doce o la una. Ahora no hay manera. Como mucho aguanta hasta las ocho y media y, una vez levantada, necesita unos diez minutos para arrancar y darle un beso a su prometido. Cuando la semana ha venido cargada tampoco necesita grandes planes: le basta con un libro capaz de meterla dentro de otra historia o con alguna serie que la haga reír o emocionarse, aunque ya la haya visto mil veces.
Durante unas horas los problemas son de otros y, además, suelen venir bastante más ordenados que los que llegan al despacho. Allí Irene ocupa justo el papel contrario. Cuando le pido que se presente sin utilizar las palabras «administradora de fincas», responde que es la persona «solucionadora» de confianza de sus clientes. Poco importa cómo se llame el cargo cuando alguien llama porque algo no funciona, hay que tomar una decisión o simplemente no sabe por dónde empezar.
Lo curioso es que Irene nunca pensó que acabaría dedicándose a resolver esos problemas. Dice que la administración de fincas le «viene de cuna», y en su caso la expresión tiene bastante de literal. Su padre era Paco Gil, una figura muy querida y un referente de la profesión, no solo en Algeciras, además de alguien inevitablemente ligado a la historia del despacho familiar. Tener el oficio tan cerca, sin embargo, no hizo que Irene se imaginara dentro de él. Tampoco pensaba que acabaría desarrollando su vida profesional en Algeciras. Las circunstancias fueron poniendo las cosas delante y ella explica por qué terminó asumiéndolas con una frase bastante sencilla: «El sentido de la responsabilidad siempre me ha podido».
Cuando empezó a trabajar en el despacho, este llevaba ya casi treinta años funcionando. Irene pasó por las distintas tareas porque cree que es la única manera de conocer cada parte, y las primeras fueron bastante poco solemnes: pegar sellos, hacer fotocopias y colocar avisos y carteles en los portales. Después llegaron otras cosas menos mecánicas. Al fin y al cabo, detrás de aquellos portales había propietarios, comunidades y juntas en las que saber cómo funciona el despacho era solo una parte del trabajo.
Una de ellas terminó demostrándoselo de una forma bastante física. La propietaria de un local y la presidenta de entonces se llevaban muy mal, la discusión fue subiendo de tono y acabaron prácticamente a las manos. Irene decidió no ponerse en medio para evitar llevarse un golpe y se lo llevó igualmente. Ahí paró la reunión, pidió a quien había iniciado el enfrentamiento que abandonara la sala y le dejó dos opciones: marcharse o esperar a que llamara a la policía. Entre Irene y la hermana de la propietaria consiguieron calmarla hasta que finalmente salió.
No hace falta llegar a ese extremo para que una junta se complique. Basta con que termine y cada uno salga convencido de haber entendido algo distinto. Irene procura cerrar las reuniones resumiendo los acuerdos y, si tiene que repetirlos cien veces para que queden claros, los repite. Aun así, luego cada propietario vuelve a su casa y es fácil que reaparezca el «yo entendí otra cosa». Quizá por eso, cuando habla de los problemas que encuentra hoy en las comunidades, no empieza por las obras ni por las cuentas, sino por algo bastante más básico: se ha perdido la «vecindad».
Irene ve más egoísmo y egocentrismo, menos empatía de la deseable y cierta facilidad para olvidar que lo que sucede al otro lado de la puerta también forma parte de lo propio. Resulta paradójico porque la vivienda es, para la mayoría de las personas, su bien material más importante y, sin embargo, el interés cambia cuando hablamos del portal, la fachada, la cubierta o la piscina. Esa distancia se nota especialmente cuando toca decidir y todavía más cuando toca pagar. Una actuación estética o una mejora en la piscina puede dividir mucho más que algo percibido como necesario; un portal moderno y bonito apetece hasta que la propuesta viene acompañada de una derrama importante, aunque Irene insiste en que cada comunidad es distinta.
Superada la discusión y aprobada la actuación, el problema cambia de mesa. En el despacho toca comprobar que una factura de mantenimiento o un coste fijo no haya variado indebidamente y, cuando corresponde a una reparación o a una obra concreta, cotejarla con el presupuesto y pedir la conformidad del presidente y del propietario afectado antes de pagar. Esa precaución sirve también frente a los intentos de fraude que Irene ha recibido por correo electrónico. Revisa la dirección desde la que llegan y, si la cantidad es elevada, confirma con el proveedor que el número de cuenta sea correcto. Se pueden cerrar puertas, pero ella sabe que la exposición está ahí todos los días.
Aun con todo ese correo entrando y saliendo, el canal que más la desgasta sigue siendo el teléfono. La tecnología le resulta bastante más útil cuando ayuda a quitar trabajo de otras partes. La inteligencia artificial, por ejemplo, le sirve para responder con algo más de objetividad algún «correo bomba», comparar presupuestos o preparar una circular cuando está poco inspirada. Le encuentra utilidad, pero también una frontera muy clara: nunca delegaría en una máquina ninguna toma de decisión que afecte a personas.
Esa frontera también aparece cuando imagina cómo serán los despachos dentro de unos años. La tecnología le parece básica y cree que estará cada vez más presente, pero no a costa del trato directo y cercano con las personas. «En el punto medio está la virtud», dice. Las herramientas pueden cambiar bastante; la necesidad de escuchar, explicar o tomar una decisión delante de alguien parece bastante menos dispuesta a desaparecer.
Y trabajo para esa parte más humana no va a faltar. Irene señala la rehabilitación como una de las grandes oportunidades de los próximos años, aunque enseguida corrige la idea porque para ella es algo más que una oportunidad: es imprescindible. Tenemos edificios antiguos y los cambios climatológicos están dejando claro que muchas ciudades y construcciones no están adaptadas ni preparadas. Hacerlo significará obras, presupuestos y decisiones que acabarán llegando a las mismas mesas alrededor de las que ya cuesta ponerse de acuerdo.
Ahí la rehabilitación y aquella pérdida de vecindad terminan encontrándose sin demasiado esfuerzo. Se puede empezar hablando de eficiencia, fachadas o adaptación de edificios, pero tarde o temprano habrá una comunidad que tendrá que entender qué necesita, cuánto cuesta y cómo repartirlo. Precisamente cuando Irene percibe que cuesta más mirar más allá de la puerta de casa, buena parte de esos edificios van a necesitar que quienes viven dentro vuelvan a hacerlo.
Tal vez ser la «solucionadora» de confianza tenga bastante que ver con permanecer justo en ese punto, cuando algo deja de ser únicamente una factura, una obra o un acuerdo y aparecen las personas que tienen que sacarlo adelante.
Antes de terminar deja cuatro nombres para otros desayunos: José Antonio Oria, de Huelva; Verónica Ruiz, de Zaragoza; Juan Antonio Fernández Estudillo, de Jerez; y Anjara Calle, de Ronda. Después el domingo puede seguir con un libro, alguna de esas series que ya ha visto mil veces y unas horas en las que los problemas vuelven a pertenecer a otros.
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