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Un desayuno de domingo con Isabel Ocaña: el reloj que nunca lleva

Isabel Ocaña abre los ojos entre las seis y las seis y media, se toma un primer café y deja el trabajo fuera del teléfono. Desde Madrid, después de más de tres décadas en el sector, habla de propietarios que quieren respuestas inmediatas, edificios que envejecen, un garaje con tres sótanos inundados y la necesidad de saber cuándo bajar el cierre.

I

Entrevista a Isabel Ocana

12 min de lectura
Isabel Ocaña, administradora de fincas
Ilustración: Gemini

Isabel Ocaña abre los ojos un domingo entre las seis y las seis y media de la mañana. Dice que es de poco dormir, así que ni siquiera en fin de semana necesita que el despertador le recuerde demasiado pronto que existe el día. Los primeros diez minutos tienen un gesto bastante estable: preparar el primer café y, con él cerca, revisar mensajes y correos personales. Los profesionales quedan fuera.

El desayuno llega algo después, con un segundo café. Los fines de semana lo acompaña con tostadas, unas veces con aceite y sal y otras con mermelada de arándanos o de frutos del bosque. Cuando le pregunto qué intenta proteger para que el trabajo no se coma también esos dos días, responde con dos palabras: «A mí».

Detrás de esa respuesta hay una medida concreta. Ha desactivado en el móvil los avisos de los correos profesionales y durante el fin de semana solo entran mensajes personales. Necesita desconectar, y ha dejado de confiar esa desconexión a la fuerza de voluntad cada vez que se ilumina una pantalla. Cuando una semana viene especialmente cargada, además, busca el mar. Al menos un fin de semana largo al mes intenta escaparse a la playa, aprovechando que los viernes teletrabajan. Cambiar de aire, dice, le reduce el nivel de estrés.

Le pregunto entonces por un objeto que la retrate y tarda un segundo más de lo habitual. No encuentra ninguno en casa o en el despacho con el que se identifique especialmente, pero, cuando la apuro un poco, se queda con un reloj. Y añade enseguida el matiz: nunca lleva reloj.

El tiempo, sin embargo, aparece continuamente cuando habla con ella. Sabe a qué hora empieza, cuándo se complica el día y en qué momento necesita terminarlo. Entre semana, la jornada arranca cuando se mete en el coche, hacia las 6:15 de la mañana. Allí empieza a planificar lo que hará, establece prioridades y ordena mentalmente el día antes de llegar al despacho. Algunas mañanas ese plan sobrevive. Otras, en cuanto cruza la puerta, toca darle una patada porque ha aparecido alguno de esos asuntos que no preguntan qué había previsto uno hacer.

La franja más complicada suele llegar entre las 10:30 y las 12:30, cuando aumentan las llamadas y los correos y la planificación empieza a competir con lo que otros consideran urgente. Hay jornadas que se alargan mucho más de lo deseable, pero cuando terminan Isabel lo resume con una imagen bastante precisa: es como bajar el cierre de un local, dejar detrás lo profesional y centrarse en todo lo demás.

Cuando le retiro por un momento la tarjeta de visita y le pido que se presente sin utilizar las palabras «administradora de fincas», responde con naturalidad: «profesional independiente». La profesión, llevada a un paisaje, le cuesta un poco más. Finalmente aparece otra imagen: «un Madrid visto desde el cielo». No explica qué distingue desde esa altura ni conviene hacerlo por ella. La imagen queda ahí, una ciudad enorme observada con suficiente distancia como para distinguir edificios, calles y movimientos que, vistos desde abajo, pueden parecer bastante más caóticos.

Su relación con la administración de fincas empezó mucho antes de colegiarse. En 1992 ya trabajaba como administrativa en un despacho y el administrador titular comenzó a llevarla a las juntas de propietarios. Quería que conociera las fincas y que el trato con los propietarios resultara más sencillo. Antes de dirigir reuniones, por tanto, empezó acompañando y escuchando.

Ahí encontró algo que se le daba bien. Le gustan las relaciones con las personas y nunca le ha dado miedo el cara a cara ni hablar por teléfono. Después de varios años dentro del sector decidió dar el paso, se matriculó en lo que entonces se conocía como FUFAP y convirtió en profesión propia un trabajo que ya llevaba tiempo viendo desde dentro.

De la primera metedura de pata sí se acuerda, aunque no piensa contarla. Se arregló con ingenio, «dándole la vuelta a la tortilla para que no se notara», y cuando intento indagar un poco más me devuelve la pelota: «¿Es necesario que airee la metedura de pata?». No, no lo es. Y ahí se queda.

De las juntas difíciles, en cambio, conserva una fecha exacta: 23 de septiembre de 2020. Era una reunión telemática de una comunidad con 230 propietarios, perteneciente a una promoción entregada en julio del año anterior. Isabel no había sido la primera administradora y seguían arrastrando problemas con la constructora. A eso se sumaba un grupo de propietarios muy jóvenes, con mucha prisa por solucionar todo y, según lo describe ella, con su «propia LPH».

Conseguir que le prestaran atención no fue sencillo. Cuando pudo hacerlo, explicó el procedimiento, cuánto iba a costar y llevó la cuestión a votación. A partir de ahí, el resto de puntos avanzó con bastante más rapidez. Seis meses después presentó la renuncia. Su diagnóstico sobre aquella comunidad tampoco necesita adornos: eran ingobernables.

La experiencia ayuda a entender por qué tiene tan pautado el momento de votar. Cuando un asunto va a someterse a decisión, lo repite las veces que haga falta. Después recuerda cómo se cuentan los votos, pide silencio y dice expresamente cuál será el texto que constará en el acta respecto de lo que acaban de aprobar. Lo hace antes de continuar con el siguiente punto, cuando todavía están todos en la misma conversación y resulta bastante más difícil que cada uno reconstruya después una versión propia.

Fuera de las juntas, cuando mira las comunidades desde cierta distancia, distingue dos dificultades distintas. En los edificios ve envejecimiento y falta de concienciación sobre la necesidad de invertir también de la puerta de la vivienda hacia fuera. Lo privativo suele entenderse bien porque el problema se ve, se pisa y pertenece a uno. Conseguir la misma preocupación por una fachada, una cubierta o cualquier elemento común cuesta bastante más.

En los propietarios encuentra otra: la inmediatez. Todo debe quedar contestado en el momento y, además, Internet o la inteligencia artificial han añadido un nuevo participante a algunas conversaciones. Isabel percibe que hay propietarios que conceden más valor a la respuesta obtenida en una pantalla que a lo que les explica el profesional que conoce la finca y lleva años trabajando con situaciones similares.

Ese problema de confianza reaparece cuando habla de las obras. Las actuaciones de aislamiento de fachadas son de las que con más facilidad dividen una comunidad, porque suelen implicar importes elevados y derramas importantes. Ahí se cruzan las dos dificultades: un edificio que necesita inversión y propietarios que tienen que asumir ahora un coste importante para actuar sobre algo que está fuera de su vivienda.

Hay días, sin embargo, en los que nadie necesita ser convencido de que existe un problema. Hace unos tres años, una propietaria llamó a las 5:30 de la mañana. Había bajado al tercer sótano del garaje y, antes incluso de que el ascensor terminara de abrir las puertas, el agua ya le llegaba a los tobillos. Se había roto en la calle una tubería general de abastecimiento y los tres sótanos se estaban inundando.

Aquel café de primera hora tuvo bastante menos tranquilidad que el del domingo. Desde casa, Isabel empezó a mover piezas: aviso al Canal, llamada a la compañía de seguros y localización del mantenedor de las bombas de achique para que acudiera cuanto antes. El agua, además, venía acompañada de muchísimo lodo. Las bombas se atascaron, saltó su cuadro eléctrico y hubo que localizar una empresa que extrajera todo el barro acumulado en el pozo para que pudieran volver a sacar el agua que permanecía dentro del garaje.

Al mismo tiempo hablaron con el mantenedor de los ascensores para bloquear con urgencia los otros dos y evitar que el agua terminara dañando también sus componentes. Cuando llegó el perito de la compañía, buena parte de los oficios necesarios ya los había movilizado la administración.

La factura final superó los 25.000 euros. Quedaba entonces otro problema menos visible que el agua, pero suficientemente serio: conseguir que la comunidad pudiera asumir toda aquella maquinaria sin quedarse sin liquidez mientras llegaba la indemnización. El despacho negoció con las empresas para retrasar el cobro de las facturas, con especial facilidad por parte del mantenedor de los ascensores. Tres meses después pagó la compañía de seguros y la comunidad había conseguido atravesar el siniestro sin sufrir problemas de tesorería.

Ahí se entiende bien la diferencia entre responder deprisa y resolver deprisa. La llamada entró a las cinco y media y había que actuar desde el primer minuto, pero la solución necesitó coordinaciones, proveedores, limpieza, seguros, negociación y tres meses hasta que llegó la indemnización.

Cuando la conversación baja a la rutina, Isabel describe un recorrido bastante más sencillo. Si entra una reparación básica, se asigna a un proveedor para que acuda cuanto antes. Una vez que este confirma que ha realizado el trabajo, normalmente con una fotografía o un vídeo, se actualiza la incidencia en el programa, se pone en copia al propietario y se cierra.

Con las facturas el camino depende de la comunidad, del presidente y del tipo de gasto. Los mantenimientos y gastos ordinarios se pagan automáticamente, aunque a comienzos de año comprueban que los incrementos de IPC aplicados sean correctos. Cuando se trata de gastos extraordinarios de importe elevado, solicitan autorización del presidente antes del pago.

También aparece la prevención en las transferencias. Hasta ahora no ha sufrido un fraude digital de los que terminan con una factura falsa o un número de cuenta sustituido, y lo dice tocando madera. Aun así, cuando hay que pagar mediante transferencia pide que la factura venga acompañada del certificado de titularidad bancaria. Mejor comprobar antes de que la tranquilidad dependa de seguir teniendo suerte.

Le pregunto por las herramientas que no dejaría y menciona tres: el programa de gestión, donde concentra propiedad horizontal, contabilidad, incidencias y nóminas; el correo electrónico; y Copilot o ChatGPT. Curiosamente, el canal que más la desgasta no es ninguno de los tres. Es WhatsApp.

Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, pediría algo bastante menos vistoso de lo que muchas veces llega al despacho: un único correo donde se expongan los asuntos, claro, breve, educado y sin «colorinchis» ni negritas. Por eso, en un teléfono nuevo, lo primero que instalaría sería el correo electrónico. Lo primero que eliminaría, WhatsApp Business.

La inteligencia artificial ya forma parte de su trabajo y no muestra rechazo hacia ella. La utiliza, pero revisa siempre el documento generado y lo lleva a su propia manera de expresarse y responder antes de darlo por bueno. Cuando le pregunto qué no dejaría nunca en manos de una máquina, no señala una decisión concreta. Prefiere dejar claro el criterio: utilizarla no elimina la revisión profesional.

Esa frontera entre máquina y criterio humano reaparece al hablar de lo que más le frustra. Le preocupa la falta de confianza de algunos propietarios, que conceden más valor a lo que les devuelve una IA que a la explicación de quien ha pasado años resolviendo problemas reales. Para Isabel, una máquina puede aportar información, pero no tiene el bagaje de quien ha «sufrido» el día a día de la profesión.

Cuando miramos hacia los próximos años, no separa con facilidad rehabilitación, digitalización y mediación, porque las tres le parecen relacionadas. Los edificios envejecen y obligarán a afrontar actuaciones que muchos propietarios todavía preferirían aplazar. La digitalización es necesaria para automatizar procesos y reducir carga de trabajo. Y la mediación puede evitar que determinadas diferencias terminen convertidas en largos procedimientos judiciales.

Ese futuro digital, sin embargo, no puede darse por supuesto para todos. Isabel recuerda que siguen existiendo muchos propietarios que no tienen acceso al «mundo digital» o que simplemente prefieren continuar recibiendo la información en papel y hablando por teléfono. El despacho del futuro, en su opinión, tendrá que saber llegar tanto a quien espera resolverlo todo desde una pantalla como a quien sigue necesitando una carta o una conversación.

Por encima de esos cambios, considera que el reto más urgente de la profesión sigue siendo la colegiación obligatoria. Después de más de tres décadas trabajando en el sector y 24 años como colegiada, su mirada sobre el oficio parece menos preocupada por encontrar una herramienta definitiva que por preservar el criterio profesional dentro de un entorno que exige cada vez más rapidez.

A quien empieza le advierte de algo bastante menos tecnológico. Es una profesión bonita, dice, pero hace falta armarse de mucha paciencia y no desanimarse, porque al día siguiente seguirá brillando el sol. Ella tuvo diez años trabajando con comunidades antes de colegiarse y, cuando llegó el momento de «hacerse mayor», como lo describe, buena parte de los consejos que podrían haberle dado ya los había aprendido sobre el terreno.

Cuando se imagina su perfil dentro de veinte años, le gustaría que aparecieran tres palabras que ha intentado mantener juntas: formación, información y transparencia. Se reconoce seria, pero también cercana y profesional, siempre buscando lo mejor para las comunidades que administra.

Fuera del trabajo lee durante todo el año, aunque no busca libros de autoayuda ni lecturas profesionales cuando quiere desconectar. Prefiere entrar en la historia de un libro y dejar el despacho fuera durante un rato. Como podcast del sector, se queda con Ciudad & Comunidad, del CAFMadrid.

Antes de levantarnos deja tres nombres para otros desayunos: Manuel Moreno, de Servicios 2002; Juan José Bueno, del gabinete de comunicación del CAFMadrid; y Manuela Julia Martínez Torres, presidenta del CAFMadrid.

El segundo café se habrá terminado hace rato y las tostadas también. En el móvil siguen entrando únicamente los mensajes personales. Isabel no lleva reloj, aunque parece tener bastante claro qué tiempo pertenece al despacho y cuál necesita conservar para ella. Mañana volverán el coche a las 6:15, la planificación, las llamadas de media mañana y alguna urgencia dispuesta a desordenarlo todo. Hoy el cierre sigue bajado.

Citas destacadas

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"Si tuviera que elegir un objeto que me retratara sería el reloj, que por cierto nunca llevo."

— Isabel Ocana

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