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Temporada 1 administración de fincas Gipuzkoa mediación rehabilitación gestión empresarial

Un desayuno de domingo con Javier Montero: bomberos en un campo de minas

Javier Montero desayuna tranquilo en la cocina y protege el fin de semana como quien protege una frontera. Desde Hernani, con 30 años de oficio, se define como mediador y conciliador, pero describe la profesión sin maquillaje: a menudo toca apagar fuegos. Una conversación sobre límites, juntas que se tuercen, rehabilitación y el tamaño que todavía le falta al sector para tomarse en serio.

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Entrevista a Javier Montero

8 min de lectura
Javier Montero, administrador de fincas
Ilustración: Gemini

El domingo de Javier empieza a las 9:00. No hay un ritual largo ni una escena preparada para salir bien en una foto. En los primeros diez minutos hace lo que dice, sin rodeos: desayunar. Y desayuna en la cocina, tranquilo, con esa calma que no siempre es un estado de ánimo, sino una decisión. En festivo, a veces se permite un cruasán. Lo llama capricho, y se entiende el motivo: entre semana, cuenta, no le entra nada y tira de un café bebido, sin espacio para sentarse de verdad.

Esa diferencia entre semana y domingo aparece también cuando habla de lo que intenta proteger para que el trabajo no lo engulla. No menciona pantallas ni planes perfectos. Habla de algo concreto y con horario propio: su hija juega al fútbol y el tiempo de partidos, ir a los campos, es sagrado. Y suma otra frontera que no se negocia con facilidad: salir los sábados a cenar con otras parejas amigas. Si se quiere entender su concepto de descanso, conviene mirarlo ahí, en las cosas que se repiten porque merecen repetirse.

Cuando la semana viene cargada y necesita bajar el ruido de golpe, no busca una solución sofisticada. Dice: ver la televisión y tener la mente en blanco. Suena simple, pero tiene un matiz importante. No está hablando de entretenimiento, está hablando de apagar el motor.

En ese punto la conversación se va, casi sola, a cómo se define cuando le quitas la tarjeta de visita. Javier no busca una etiqueta bonita. Se presenta como “mediador y conciliador”. Y, sin embargo, cuando convierte el oficio en un paisaje, la imagen cambia de temperatura. Para él la profesión se parece a “un campo de minas o un edificio en llamas”. No lo dice como recurso literario, lo dice como diagnóstico. “Siendo sinceros, la prevención no caracteriza a la profesión”, añade. Por mucho que se quiera vender lo contrario, termina en una frase que lo resume todo: “somos bomberos”.

Ese tono encaja con el principal problema que ve hoy en las comunidades. No empieza por la morosidad ni por la obra de turno. Empieza por algo más de fondo: la sociedad se ha vuelto más individualista y aquel concepto de comunidad que existía antes, dice, se ha ido perdiendo. En ese clima, las grandes obras de rehabilitación son un disparador casi automático. No por la obra en sí, sino por lo que deja a la vista: el momento económico no es el mismo para todos los propietarios, y la comunidad se parte por la línea exacta donde cada uno siente que no puede o no quiere.

Su prueba más seria, curiosamente, no llega por una discusión en sala sino por un hecho físico, urgente y sin debate posible: un incendio en una vivienda que obligó a desalojar a 24 familias. “En tiempo récord” hubo que restablecer servicios mínimos. Luz y accesibilidad. Ahí no hay retórica de junta ni debate sobre presupuestos: hay gente fuera de casa y un edificio que tiene que volver a funcionar lo suficiente como para sostener la vida.

Si retrocedes al inicio, Javier tampoco tiene un momento de iluminación tipo “esto es lo mío”. Dice, directamente, que no lo recuerda. Llegó a la profesión por recomendación de otro administrador que le habló de campo de negocio y de una profesión emergente. Y, treinta años después, sigue creyendo que es necesaria y con futuro. Su entrada fue por la vía práctica: terminó Derecho, se colegió animado por ese compañero, y el primer encargo exacto no lo recuerda. Lo que sí recuerda, y lo dice con orgullo, es haber mantenido muchas comunidades durante más de veinte años. En un sector donde el cambio de administrador es un deporte frecuente, ese dato pesa más que una anécdota.

En los comienzos, además, hacía cosas que hoy casi suenan a otra época. Vigilaba obras “como los jubilados”, bromea, calculaba cuánto faltaba para que entregaran edificios y, cuando estaban terminados, se pasaba por allí y buzoneaba sus servicios. No hay glamour en esa escena, pero sí hay construcción del oficio: entender el terreno, estar, insistir.

El día a día actual es menos calle y más gestión continua. Llega al despacho, mira correo y contestador “por si hay algún mensaje”, y empieza a contestar y a tramitar avisos. La fricción aparece donde aparece en casi todos los despachos, pero él la nombra de forma más dura. El momento crítico es cuando hay clientes mal educados que no asumen que, al otro lado, hay profesionales, mejores o peores, y empiezan a cargar con sus formas. Javier reconoce que en más de una ocasión ha acabado “mandando a paseo” al cliente.

El cierre del día suele ser una junta. Y aquí también aparece su idea de límite. Dice que las suyas normalmente transcurren con tranquilidad. Cuando no es así, cuando “ves el panorama nada más empezar” porque se percibe en el ambiente, y no atienden a explicaciones, dimite. “Dimito y borro la comunidad de mi memoria.” No lo plantea como amenaza ni como pose: lo cuenta como procedimiento de higiene profesional.

Hay una escena concreta donde ese desgaste se vuelve explícito. Recuerda una comunidad grande en la que hicieron una fachada ventilada. Una propietaria empezó a sembrar dudas sobre facturas e importes. La “mayoría silenciosa” no intervenía, no apoyaba al administrador. La situación acabó con Javier poniendo la carta boca arriba: les dijo que, aunque no lo dijeran claramente, por cobardía, le estaban acusando de ladrón. Les dio quince días para pasar por la oficina y coger la documentación de la comunidad. Es una escena incómoda, y precisamente por eso retrata bien su forma de entender el respeto: no se discute sobre números si lo que hay debajo es una acusación sin decir.

En tecnología, Javier no se pierde en catálogo. Sus tres herramientas imprescindibles son el teléfono, el programa de gestión y la inteligencia artificial. Y cuando hay que elegir el canal que más desgasta, no lo duda: el teléfono. Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, tampoco habla de prohibiciones grandilocuentes. Habla de horarios para atender el teléfono, con una condición que le importa más que la norma: “nunca perdiendo el contacto personal”.

La inteligencia artificial, en su caso, tiene usos muy concretos: redacción de actas y comparativa de presupuestos. Y hay una decisión que no delegaría jamás: el trato personal. Lo repite con claridad porque, en su visión, es justo ahí donde se juega una parte del valor del despacho. En cuanto a herramientas digitales útiles, vuelve al suelo: los programas de gestión. Sin más detalle.

Cuando mira al futuro del sector, su preocupación urgente no es una tecnología concreta ni una norma puntual. Habla de tamaño y de cultura. Cree que el reto es ganar en tamaño los despachos y desarrollar una cultura empresarial mayor en las administraciones de fincas. Y si le preguntas por la oportunidad más clara, no elige una sola: rehabilitación de edificios y digitalización de las empresas.

Su visión del futuro tiene un punto de reivindicación. Dice que es una profesión necesaria. Recuerda que, en la pandemia, así los calificaron. El problema, añade, es que no se lo creen. Y remata con una lista de afirmaciones que, dicho por alguien con treinta años de experiencia, suena menos a eslogan y más a constatación: profesión con futuro, con pleno empleo, sin brecha salarial. Si se hacen bien las cosas desde los colegios y con apoyo de los colegiados, ve mucho recorrido.

El consejo que habría querido recibir al empezar no es blando. Es realista. “Es una profesión dura, con bastantes sinsabores”, dice. Pero cuando se reconocen las cosas bien hechas, la satisfacción es inmensa. Y ahí aparece su definición de utilidad pública sin necesidad de ponerse solemne: la función es muy importante, mejorar la calidad de vida de los propietarios.

Si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, Javier pide dos capas de memoria. A nivel institucional, que quede claro que trabajó por la profesión y aportó su granito de arena en mejorarla. A nivel profesional, que ayudó a sus clientes a mantener y mejorar su principal patrimonio: su vivienda. No hay más adornos. Es lo que considera que merece quedar.

Cuando le pregunto a quién invitaría a sentarse después en esta mesa para seguir con las entrevistas, Javier no se lo piensa demasiado. Da dos nombres: Andrés Sandez y Camino Fernández. Dos relevos concretos para que la conversación continúe sin necesidad de adornarla.

Y cuando el domingo termina, vuelve a la cocina donde empezó todo. No porque el oficio desaparezca, sino porque hay algo que se mantiene si se cuida: un horario propio, una cena que se repite, un partido al que se va, y un rato de mente en blanco para recordar que, antes de apagar fuegos, también hay que poder respirar.

Citas destacadas

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"Mediador y conciliador."

— Javier Montero

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