Skip to content
Temporada 1administración de fincasTarragonadesconexiónrehabilitacióntecnologíaprocesos

Un desayuno de domingo con Rosa María Marco: la música contra el ruido

Rosa María Marco desayuna cerca de la terraza, con café con leche, algo dulce, fruta y Bruce Springsteen de fondo. Desde Tarragona, habla de un oficio que exige ordenar imprevistos, sostener llamadas cargadas de ansiedad y seguir adelante sin dejar que el ruido del despacho lo ocupe todo.

R

Entrevista a Rosa María Marco

15 min de lectura
Rosa María Marco, administradora de fincas
Ilustración: Gemini

Rosa María Marco se despierta un domingo alrededor de las nueve, sin esa prisa que durante la semana parece entrar antes que ella en la habitación. No todos sus domingos son iguales, pero cuando está en casa el arranque tiene una calma reconocible: se levanta despacio, conecta el móvil, revisa y contesta algún mensaje, y casi enseguida se va a la cocina a preparar el desayuno.

En la mesa hay café con leche, algo dulce y fruta. Cerca queda la terraza, rodeada de plantas, y de fondo suena Bruce Springsteen mientras Rosa se reserva un rato para leer con tranquilidad. No lo cuenta como una escena preparada para parecer domingo, sino como una forma concreta de recargarse. En su caso, la calma no llega por una técnica perfecta ni por una desconexión absoluta, sino por una suma de cosas bastante reales: música, plantas, libros, luz y la posibilidad de que el día no empiece ya empujándola.

Cuando le pregunto qué intenta proteger del fin de semana para que el trabajo no se lo coma, no habla primero de planes, ni de ocio, ni de horas libres. Dice que intenta protegerse a sí misma, evitando que los pensamientos recurrentes sobre el despacho entren y se queden dando vueltas. La respuesta pesa más de lo que parece, porque Rosa trabaja sola, administra entre 26 y 50 comunidades en Tarragona y sostiene el día a día con algunos servicios externalizados, pero sin una estructura amplia detrás que reparta de manera natural la presión.

La música, en ese equilibrio, no es un adorno. “La música. Siempre”, dice cuando habla de lo que le devuelve la calma después de una semana cargada. La necesita casi como el aire, aunque reconoce que en ocasiones también necesita justo lo contrario: estar sola y en silencio para que la cabeza vuelva a su sitio. No consigue meditar, lo ha intentado y no le sale, porque se declara incapaz de no pensar en nada. En lugar de eso, intenta llevar la mente hacia su vida, su familia y su casa del pueblo, donde se siente totalmente refugiada.

Esa mezcla de orden y refugio ayuda a entender cómo se presenta cuando le quitamos la tarjeta profesional. Si no pudiera decir “administradora de fincas”, se definiría como una persona a la que le gusta que todo esté en orden y que hace lo posible para que los imprevistos no la pillen demasiado por sorpresa. Añade enseguida una duda: quizá sea una utopía. Probablemente lo sea, pero en esa utopía también está su manera de trabajar.

Los objetos que la retratan van en la misma dirección. En casa, sus plantas, su equipo de música y sus libros; en el despacho, la luz natural que ilumina su zona de trabajo. No son objetos de escaparate. Son cosas que acompañan, ordenan y sostienen. Y quizá por eso, cuando convierte la profesión en un paisaje, no elige una oficina, ni un edificio, ni una montaña aislada. Ve una selva llena de árboles, con personas subiendo y bajando alrededor de algunos de ellos, reparando ramas rotas, protegiendo troncos, yendo y viniendo con máquinas para hacer arreglos. Al cabo de un tiempo, esas personas dejan un árbol y se marchan a otro que está en peores condiciones, donde vuelven a empezar.

La imagen tiene algo de agotamiento y algo de oficio. Cada árbol exige cuidados propios, pero la selva no se detiene mientras uno trabaja en una rama. Para Rosa, esa escena representa un trabajo diario y continuo, donde el mantenimiento no es una tarea puntual, sino una forma de estar siempre pendiente de lo que se rompe, de lo que crece, de lo que amenaza con torcerse y de lo que todavía no se ve pero acabará pidiendo atención.

El momento en que sintió que aquello era lo suyo no llegó al principio, sino después de varios años. Lo notó cuando empezó a verse capaz de responder a los problemas sin inseguridad sobre qué conocimientos necesitaba. Esa sensación aparece, dice, cuando llevas oficio a la espalda y puedes analizar con calma lo que te preguntan, incluso en momentos de presión, hasta sentir que controlas la situación. No habla de controlar a los demás, ni de dominar el entorno, sino de ese control interior que permite pensar sin quedarse bloqueada.

Su entrada en el sector fue mucho más concreta. Después de terminar la diplomatura y alquilar su primer despacho, el propietario del local le dijo que les venía bien, porque ellos gestionaban desde siempre la comunidad y estaban pensando en contratar a alguien. Rosa les pasó presupuesto y se lo aceptaron nada más entregarlo. Al día siguiente bajaron dos personas con la documentación y le preguntaron cuándo podía empezar, porque la necesitaban ya. Ella respondió lo que podía responder alguien que empieza con prudencia: revisaría la documentación y en una semana lo tendría todo listo. Y así fue.

El primer error también llegó con una escena de calendario. Se equivocó de fecha al enviar una convocatoria y la fijó para el día anterior al que tenía agendado. La solución no fue elegante, pero fue eficaz: pedir muchas disculpas y ofrecer repetir la junta en sábado, porque no todos podían entre semana. El resultado tuvo algo de ironía involuntaria. Acudió el doble de cuórum previsto. A veces el error, cuando se corrige de frente, deja una comunidad más presente de lo que habría estado si todo hubiese salido según el plan.

El día normal de Rosa, sin embargo, no tiene mucho de sábado reparador. Empieza mirando la agenda en el móvil nada más despertarse y pensando que no le queda tiempo para imprevistos. O peor: que no le queda tiempo para nada. El punto crítico suele aparecer cuando está inmersa en la redacción de un acta o en un asunto que exige concentración y entra una llamada interminable. Mientras la llamada se alarga, el buzón de correo crece de golpe y otras personas empiezan a llamar sin que pueda atenderlas hasta terminar con la primera. La escena no necesita exageración. Es el despacho unipersonal expuesto al mismo tiempo a la concentración, la urgencia y la ansiedad ajena.

El cierre suele parecerse demasiado al arranque. Rosa acaba frustrada y triste porque vuelve a comprobar que no ha podido atender todo lo previsto ni todo lo atrasado. Los temas del día a día han consumido el tiempo que había reservado para avanzar. Esa falta de tiempo aparece varias veces en la conversación y no como una queja abstracta, sino como una condición material de su forma de trabajar: ser autónoma, no tener personal contratado y responder de todos los temas de sus comunidades obliga a marcar prioridades, a no posponer facturaciones, cobro de recibos o procesos contables, y a convivir con la sensación de que siempre queda algo pendiente.

En las juntas, esa presión puede cambiar de forma. Rosa recuerda una en la que estuvo a punto de dimitir porque las diferencias entre dos personas terminaron desembocando sobre ella. El conflicto giraba alrededor de una obra en fachada y no entendían lo que estaba explicando. Al final propuso que consultaran con un abogado especializado en temas urbanísticos para que determinara cuál era la opción correcta. El criterio del abogado coincidió al cien por cien con el suyo y, tras una junta posterior, se hizo así. Los propietarios reconocieron que tenía razón, pero nunca se disculparon por la presión a la que la habían sometido.

La escena deja un poso triste, y conviene no adornarlo. Rosa lo formula con claridad: después de un gran trabajo, que no se reconozca tu gestión profesional por orgullos personales produce una sensación muy triste. Ese orgullo personal, trasladado a una comunidad, no se queda en el carácter de dos vecinos. Puede bloquear una obra, deteriorar la relación con el despacho y convertir una explicación técnica en un pulso.

Para evitar que los acuerdos terminen en el conocido “yo entendí otra cosa”, ahora se apoya en grabaciones de las juntas y en inteligencia artificial para localizar el momento exacto y trasladarlo al acta con la mayor literalidad posible. Al principio no lo hacía. La experiencia le ha enseñado que la memoria de una reunión no siempre sobrevive intacta a los días posteriores, y que dejar constancia no es una manía defensiva, sino una forma de proteger el acuerdo de futuras reinterpretaciones.

Cuando mira el principal problema de las comunidades, Rosa señala la falta de implicación. Muchas personas, dice, piensan que los problemas comunitarios no les afectan hasta que les afectan. Y suelen darse cuenta de todo lo que conlleva la gestión cuando se les nombra miembros de la junta, presidentes o vicepresidentes. La comunidad, mientras no incomoda, parece un fondo. Cuando toca asumir responsabilidad, aparece de golpe con toda su carga.

Las derramas importantes enseñan esa carga con especial claridad. Cualquier incremento fuerte de precio puede convertirse en una fuente de conflicto, pero las obras de rehabilitación concentran el problema porque se alargan en el tiempo y dependen de que todo el mundo esté al corriente de pago. Si eso no ocurre, el problema se traslada a quienes sí pagan, que deben soportar el peso económico de los demás y no siempre están dispuestos. La obra deja entonces de ser solo técnica y pasa a ser una prueba de resistencia para la convivencia.

Rosa ha vivido también situaciones donde el margen de actuación se reduce a lo urgente. El siniestro más serio que recuerda ocurrió en una comunidad con muchos pisos ocupados, donde había una guerra interna entre ocupas. Quemaron un sofá en el vestíbulo, el fuego se transmitió a los dos ascensores y subió por el hueco de la escalera hasta dejar todo el edificio inhabitable. El mal menor fue que sucedió a primera hora de la tarde y la gente pudo salir por su propio pie mientras llegaban los servicios de emergencia.

En las primeras horas, Rosa llamó a la policía y al seguro. Poco más podía hacer desde el punto de vista material, pero después tuvo que llamar uno por uno a los propietarios no ocupantes para saber cómo estaban y tranquilizarlos, y también a la entidad bancaria propietaria de los pisos ocupados, que representaban más del sesenta por ciento. El momento angustioso se alargó varios días, hasta que todos pudieron entrar de nuevo en sus viviendas. Ahí la selva de la que hablaba al principio deja de ser imagen. Hay fuego, ascensores dañados, vecinos fuera de casa, una entidad bancaria, propietarios asustados y una administradora llamando mientras el edificio todavía huele a emergencia.

Sus herramientas imprescindibles son las que sostienen ese trabajo diario: Gesfincas como ERP para gestionar la información de cada comunidad, Outlook para las comunicaciones y WhatsApp para el contacto inmediato con los propietarios. Pero esa inmediatez no siempre juega a favor. El canal que más la desgasta son las llamadas telefónicas, precisamente porque son directas y necesarias, pero también porque transmiten toda la presión y la ansiedad de la persona que llama. Algunas son puntuales y concisas. Otras repiten una y otra vez la misma información hasta que puede reconducir la situación.

Rosa entiende que esas llamadas deben responderse lo antes posible, aunque también sabe que la inmediatez que exige el problema no siempre puede darse, por mucho que a ella le gustaría. Esa diferencia entre atender pronto y resolver ya es una de las zonas más difíciles del oficio, porque el propietario que llama suele necesitar calma en el mismo momento en que el despacho necesita tiempo para actuar bien.

Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, no sería una norma de silencio ni una prohibición de canales. Le gustaría tener un gestor de incidencias que las clasificara por orden real de prioridad según su antigüedad y resolviera por sí solo las menos importantes. La idea nace de una necesidad muy concreta: separar lo urgente de lo ruidoso, lo antiguo de lo recién llegado, lo que puede automatizarse de lo que exige criterio.

Hoy, cuando entra una incidencia, Rosa la revisa, la traslada al industrial correspondiente con la mayor información posible y le pide una fecha de ejecución, además de solicitarle que informe también al comunicante. Una vez ejecutada, consulta con quien dio el aviso por si hace falta comprobar que el trabajo está realizado, aporta datos para la factura, la revisa, la paga y da la incidencia por cerrada. No es un proceso espectacular, pero sí una cadena donde cada paso evita que el problema se pierda entre llamadas, correos y supuestos.

Con las facturas mantiene una lógica parecida. En general cuenta con la conformidad de sus comunidades para el pago, salvo cuando se trata de un importe importante. En esos casos confirma siempre con el presidente o la presidenta de qué se trata, pide autorización y después comunica que el pago se ha realizado. Esa última confirmación parece pequeña, pero en comunidades con memoria frágil y susceptibilidades despiertas, informar de que algo ya está pagado también forma parte del control.

De momento no le han colado un fraude digital y cruza los dedos, pero no lo vive como un riesgo ajeno. Comprueba siempre el correo de envío y el número de cuenta que tiene grabado de cada proveedor. Sabe que cualquiera puede caer, sobre todo en un entorno lleno de información falsa y mensajes que imitan demasiado bien lo conocido. La atención constante, aquí, no es paranoia. Es parte del trabajo.

La inteligencia artificial ya entra en su despacho, pero con una línea clara. La usa principalmente para redacción de actas, comparación de presupuestos, documentos e informes, pero no permitiría que enviara por ella una respuesta a una consulta sin revisarla antes. También valora especialmente herramientas como el agregador financiero y el módulo de contabilización de facturas, porque le facilitan enormemente el trabajo. En un teléfono nuevo instalaría primero el correo y WhatsApp. No eliminaría gran cosa, porque cada vez le interesa más simplificar procesos y quedarse solo con lo que utiliza de verdad.

Cuando mira al futuro de la profesión, Rosa no lo plantea como una postal tecnológica. La sociedad va muy deprisa, dice, y la profesión no puede quedar anclada en el pasado porque cualquier novedad exige adaptación inmediata y diligencia. Pero añade algo que para ella sigue faltando: reconocimiento como profesión necesaria dentro de la sociedad. La frase no nace de una ambición de prestigio vacío, sino de haber visto demasiadas veces cómo el trabajo solo se percibe cuando algo falla.

Entre rehabilitación, digitalización y mediación, no duda en colocar la rehabilitación en el centro. La digitalización ha iniciado una carrera imparable y la mediación es una parte complicada, porque llegar a acuerdos resulta difícil cuando las partes no están dispuestas a ceder. Pero para Rosa la rehabilitación ofrece una oportunidad enorme: mejorar la vida de todos, dar valor al trabajo del administrador y obtener un resultado inmediato, visible, que responde a problemas anclados durante años. Ver que después de una rehabilitación los propietarios agradecen lo hecho le produce orgullo, quizá porque ahí el oficio deja por un momento de explicar lo invisible y puede señalar algo que se ve.

El futuro de los despachos, en su opinión, irá hacia la digitalización de procesos simples, de forma que quede espacio para la personalización de cada despacho y para ese carácter diferencial que marcará la relación profesional. No todo se gestionará por sistemas. Siempre tendrá que haber una persona delante, alguien capaz de ocuparse de la parte humana que la tecnología no puede asumir, porque la empatía y la personalización hasta donde sea necesario siguen siendo parte de la fuerza de la profesión.

El consejo que le habría gustado recibir cuando empezó es también el que daría ahora: tranquilidad y seguridad para saber que sería capaz de hacer bien su trabajo, pero sobre todo la necesidad de tomar las riendas del propio futuro sin sobrepasar los límites de lo que uno puede hacer. No construir expectativas mirando a otros compañeros, no confundirse con ritmos ajenos, seguir dando el cien por cien como persona y como profesional, pero sin convertir ese cien por cien en una forma de destruirse por dentro.

Si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, Rosa querría que quedara claro su esfuerzo por salir adelante día a día y que detrás de su trabajo hubo una persona que siguió adelante pese a las dificultades. Después de hablar de falta de tiempo, llamadas que arrastran ansiedad, juntas que no se disculpan, obras que se enquistan y edificios inhabitables, esa frase no suena hecha. Suena a balance.

Para cerrar, deja dos referencias que la explican mejor que una lista larga. Una canción: No Surrender, de Bruce Springsteen, al que admira como referente profesional y personal por haber mantenido, pese al éxito, una vida coherente y con los pies en la tierra. Y un libro: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, por su manera de mostrar cómo una persona puede encontrar un motivo para seguir incluso en circunstancias duras. No lo recomienda por su relación con el mundo empresarial, sino precisamente por no tenerla.

Antes de levantarnos de la mesa, Rosa deja tres nombres para seguir la serie: Marina Sánchez Jean, Apolonio Dorado y Pablo Ruiz. Cerca siguen la terraza, las plantas y los libros, pero la entrevista se queda sobre todo en esa música de fondo que al principio parecía una compañía doméstica y termina siendo algo más parecido a una forma de resistencia. La semana volverá con sus llamadas, sus actas, sus correos y sus incendios pequeños o grandes, pero durante un rato Rosa deja que Bruce Springsteen siga sonando un poco más.

Citas destacadas

1 / 4
"Lo que intento proteger del fin de semana soy yo misma, no darle vueltas todo el rato al trabajo."

— Rosa María Marco

Contenido bonus

Entrevistas relacionadas