El domingo de Pep Bonet empieza pronto, habitualmente no más tarde de las ocho y media. No lo cuenta como si fuera un ritual solemne, pero sí como una secuencia bastante clara: primero un café, después las noticias y luego los mensajes. Más tarde llegan los huevos revueltos y un segundo café. Hay desayunos que se limitan a llenar una mesa y otros que, casi sin querer, dibujan una forma de estar. En este caso aparece ya una idea que luego atraviesa toda la conversación: antes de dejar que el día se desordene, conviene poner un poco de estructura.
Ese orden no nace de una obsesión por el control, sino de la necesidad de preservar algo que no quiere entregar por completo al trabajo. Cuando se le pregunta qué intenta proteger del fin de semana, responde con dos cosas concretas: la familia y las horas de deporte. Y cuando la semana viene cargada, lo que con más facilidad le devuelve la calma vuelve a ser el deporte. No aparece como una coletilla saludable ni como una nota biográfica simpática. Aparece, más bien, como una forma de volver a su sitio.
Desde ahí se entiende mejor cómo se presenta cuando se le quita el cargo. Si no pudiera decir que es administrador de fincas, hablaría de sí mismo como de una persona que ayuda a dar solución a distintos problemas que se presentan. La frase es sobria, casi austera, y precisamente por eso resulta útil. No intenta embellecer el oficio ni envolverlo en grandes palabras. Lo reduce a su núcleo: estar ahí cuando algo se complica, ordenar lo que se ha enredado y ayudar a que las cosas encuentren una salida.
Incluso el objeto que dice que hoy lo retrata mejor va en esa línea. Habla de cuadros, de libros de fotos de viajes y de recetas de cocina. Parece una respuesta dispersa solo si se lee deprisa. Leída con calma, tiene coherencia. Hay observación, memoria visual, gusto por lo concreto y también una cierta manera de ordenar la realidad. Cuando se le pide que convierta la profesión en paisaje, no escoge un terreno hostil ni una imagen de desgaste. Para él es un paisaje lleno de oportunidades para seguir mejorando y creciendo. Hay en esa elección una forma de mirar el oficio que conviene no perder de vista, porque no es ingenua, pero tampoco cínica.
El momento en que pensó de verdad “esto es lo mío” tampoco aparece como una escena fundacional nítida. Dice que seguramente ya llevaba varios años de experiencia cuando llegó a pensarlo mentalmente. Tiene sentido. Al ser de segunda generación, la profesión no irrumpe como una revelación tardía, sino como una presencia continuada. En los veranos de la época del instituto trabajaba en el despacho y se ocupaba de repartos de recibos y de visitas a ayuntamientos para distintos trámites. Es una entrada en el sector muy pegada a lo concreto, sin gesto épico y sin relato prefabricado, de esas que acaban sedimentando antes de formularse.
Cuando se le pregunta por la primera metedura de pata, responde con una ironía breve, “¿Sólo una?”, y lo deja ahí. La frase basta. No necesita convertir el error en anécdota para transmitir algo bastante reconocible en la profesión: equivocarse no es una rareza, sino parte del material con el que se aprende. Hay respuestas que no se desarrollan porque no hace falta. Esta es una de ellas.
Donde sí se detiene con más precisión es en las juntas. Lo que dice que mejor le funciona no tiene nada de brillante en apariencia, pero sí mucho de eficaz: centrar la reunión en las decisiones que tienen que tomarse y evitar comentarios que poco o nada tengan que ver con el orden del día. Y, para que ese esfuerzo no dependa solo de la conducción verbal, añade método. Junto con la convocatoria envían todo lo necesario relacionado con los puntos que van a tratar, lo proyectan durante la sesión y al final hace un resumen de lo comentado. No es una manía formalista. Es una manera de reducir ruido y de impedir que los acuerdos queden a merced de memorias parciales o interpretaciones interesadas.
Ese cuidado por fijar bien las cosas conecta directamente con los problemas que ve en las comunidades. El principal, en términos generales, tiene que ver con el envejecimiento de los edificios. Conforme pasa el tiempo, cuesta cada vez más dinero mantener el estándar en cuestiones de conservación y mantenimiento. En el despacho lo están notando de forma muy concreta con las adaptaciones a la normativa de ascensores y con actuaciones de obligado cumplimiento derivadas de inspecciones técnicas. Ahí el trabajo deja de ser una cuestión abstracta y se vuelve muy material: normativa, seguridad, costes, tiempos y una comunidad que tiene que asumir que ciertas cosas ya no admiten demora.
Cuando esa presión sube de nivel, aparecen los siniestros serios. En los últimos seis meses han tenido dos incendios, y la manera en que Pep describe las primeras horas es reveladora. Habla, por supuesto, de las cuestiones jurídicas y técnicas que hay que poner en marcha, pero coloca por delante otra cosa: asistir a los propietarios desde el punto de vista de hacerles ver que están ahí para ayudar y proporcionar todo lo posible. Esa frase, “estamos para ayudar”, sostiene mucho más que un gesto de cortesía. En un incendio no solo se deteriora un edificio. También se rompe, aunque sea durante unas horas, la sensación básica de suelo firme. Y alguien tiene que aportar algo de orden en medio de ese desconcierto.
Por eso resulta lógico que, cuando la conversación entra en tecnología, no aparezca un catálogo, sino una jerarquía. Slack sirve para la comunicación interna. Con los propietarios conviven WhatsApp, la app propia y el correo electrónico. Y ChatGPT le ayuda como entrada para decisiones finales que siguen siendo humanas. Lo importante no es solo qué herramientas usa, sino cómo las coloca. Cada canal tiene un papel, y no todos merecen el mismo grado de confianza ni el mismo nivel de exposición.
De todos ellos, el que más desgaste le produce es WhatsApp. No tanto por el canal en sí como por la cultura de inmediatez que arrastra. De hecho, si pudiera imponer una norma digital durante un mes, no pediría más velocidad ni más disponibilidad, sino justo lo contrario: no tener que contestar inmediatamente correos o WhatsApp. Ahí asoma una de las ideas más útiles de toda la entrevista. En muchos despachos se ha confundido rapidez con servicio, cuando en realidad la velocidad mal entendida a menudo devora el criterio. Contestar antes no siempre significa atender mejor.
Ese criterio se apoya, en su caso, en procesos definidos. Cuando reciben una incidencia, entra por los canales habilitados, teléfono, app o correo. Se abre parte en el programa. Si es un asunto que puede atender el seguro de la finca, se llama al seguro; si no, se asigna proveedor según el tipo de parte y su especialidad. Se facilita una persona de contacto para coordinar la visita con el afectado y acudir a la comunidad. Se prepara presupuesto para su presentación, se coordina la reparación una vez aprobado y, al recibir la factura, se comprueba que coincida con los trabajos presupuestados. Después se verifica que lo ejecutado sea correcto y solo entonces la factura entra en el circuito administrativo. No es burocracia ornamental. Es la forma de convertir una promesa de servicio en una secuencia verificable.
Con las facturas ocurre algo parecido. El proveedor las remite a un correo electrónico habilitado exclusivamente para esa recepción. El departamento de incidencias verifica que los trabajos se hayan realizado correctamente y conforme a lo previsto. Si la factura es correcta, se incorpora al sistema de gestión documental y se asigna al parte correspondiente para mantener control y seguimiento. Si no lo es, se devuelve al proveedor para que revise o corrija lo necesario. En el registro se deja constancia del trabajo realizado, de si existe alguna provisión asociada y de la forma en que se va a liquidar. Al día siguiente de quedar subida al sistema, se contabiliza para que Caja pueda pagar en un plazo aproximado de dos o tres días. Vista de cerca, la secuencia no habla solo de orden. Habla de trazabilidad, de responsabilidad y de un intento serio de que las cosas no dependan de la improvisación.
Esa necesidad de verificar se hace todavía más clara cuando entra en juego el fraude. Sí, les han intentado colar uno. La primera vez no lo detectaron y tuvieron que resolverlo después. A partir de ahí empezaron a pedir certificados de titularidad. No hay aquí épica defensiva ni la falsa seguridad de quien presume de no haberse equivocado nunca. Hay una lección sencilla: el sistema se fortalece después del golpe, no antes del relato.
La inteligencia artificial entra exactamente en ese mismo marco. Le ayuda como pauta para tomar decisiones operativas y esquemas organizativos, pero no dejaría, por ahora, la decisión a una máquina. Ese “por ahora” importa. No expresa una negativa cerrada ni una adhesión ingenua. Marca una posición intermedia bastante más útil que los extremos: aprovechar valor, mantener supervisión y reservar la decisión final para quien asume la responsabilidad. En paralelo, desde hace unos meses están gestionando las incidencias con Incisolve, una incorporación que encaja bien con esa búsqueda de método, control y seguimiento.
Cuando se le plantea el ejercicio de un teléfono nuevo, la respuesta vuelve a ser coherente con todo lo anterior. Instalaría Slack y el correo electrónico. Sin duda, eliminaría WhatsApp del despacho. No es una ocurrencia. Es la consecuencia lógica de alguien que distingue entre comunicar y dejarse arrastrar por una expectativa permanente de respuesta inmediata.
Al mirar al sector, Pep tampoco se refugia en eslóganes. Cree que queda mucho trabajo de organización, automatización y descripción de procesos, con el objetivo final de mejorar resultados. Añade que los despachos capaces de gestionar de forma coherente todo eso marcarán la diferencia frente a sus competidores, y que la tendencia clara es la automatización para poder utilizar el tiempo en mejorar la experiencia del cliente. La idea de fondo no es automatizar por moda ni por reducción ciega, sino liberar tiempo y energía para dedicar atención donde sí aporta valor.
El consejo que daría a quien empieza va en la misma dirección: no dejar de formarse, porque se trata de una profesión que avanza a un ritmo muy rápido. Tampoco cómo le gustaría ser recordado dentro de veinte años se separa mucho de ese eje. Le bastaría con que quedara claro que su equipo trabaja para ayudar a la ciudadanía y que, si además ha podido aportar algo a la profesión, mejor. No pide brillo personal. Pide utilidad reconocible.
Antes de cerrar, deja también dos referencias que terminan de perfilarlo. Como libro, Liberar al mono, rescatar a la princesa, por su relación con la gestión de la ansiedad. Como podcast, Roca Project, por la forma humana en que aborda las entrevistas. Entre la ansiedad y la humanidad, entre la presión y la conversación bien conducida, vuelve a aparecer el mismo hilo: cómo sostener criterio cuando alrededor aprieta la urgencia.
Y cuando la conversación parece agotarse, todavía deja una última pista en dirección a la propia serie. Si tuviera que pasar el testigo a otros compañeros del sector, propondría a Joni Burnett, de Comunimas; Fran Martínez, de Fincas Cholo; Pepe Gutiérrez, de Megafincas; y Juan Carlos Álvarez, de Urbenalia. No suena a fórmula de cierre ni a cortesía automática. Suena, más bien, a la conciencia de que el oficio se entiende mejor cuando se mira desde varios despachos, ritmos y sensibilidades.
Al final, el desayuno del principio cobra algo más de sentido. El café, las noticias, los mensajes, los huevos revueltos y el segundo café no eran solo una estampa doméstica. Eran una manera de entrar en el día sin entregárselo por completo a la urgencia. En un despacho con más de doscientas comunidades, un equipo amplio y problemas que van desde incendios hasta normativas de ascensores, desde incidencias hasta fraude digital, esa diferencia no es menor. A veces consiste simplemente en recordar que ayudar bien no siempre significa contestar antes.