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La vocación, vista desde el final

Cuando conocemos el final de una trayectoria resulta muy fácil encontrar señales que expliquen por qué alguien acabó precisamente allí. Bonus de la conversación con Irene Gil Pérez sobre vocación, oficio y las carreras que solo parecen inevitables cuando ya han ocurrido.

I

Bonus: Irene Gil Pérez

8 min de lectura

En la conversación con Irene Gil Pérez aparece una contradicción pequeña que merece quedarse un rato sobre la mesa. Dice que la administración de fincas le «viene de cuna» y, casi al mismo tiempo, reconoce que nunca pensó que acabaría dedicándose a ella. Las dos cosas pueden ser ciertas y, de hecho, quizá sea precisamente ahí donde empieza una pregunta bastante más interesante que la habitual sobre la vocación: cuántas carreras parecen inevitables únicamente porque ya conocemos el final.

Tenemos una facilidad enorme para ordenar el pasado una vez sabemos dónde hemos terminado. Si alguien lleva veinte años haciendo algo, miramos hacia atrás y empezamos a encontrar señales que parecen haber estado allí desde el principio: una afición de infancia, la profesión de los padres, una asignatura que se daba especialmente bien, aquel primer trabajo de verano o una oportunidad que apareció en el momento adecuado. Colocadas ahora una detrás de otra, todas esas piezas parecen señalar en la misma dirección, aunque probablemente no tuvieran ninguna intención de hacerlo mientras estaban ocurriendo.

Un trabajo de verano era simplemente un trabajo de verano. Ayudar en casa podía ser solo ayudar en casa. Escoger unos estudios quizá tuvo más que ver con las opciones disponibles que con una certeza profunda, y aceptar un puesto pudo depender bastante más de necesitar un sueldo que de sentir una llamada interior. El problema es que el final tiene una capacidad extraordinaria para mejorar el argumento y convertir una secuencia bastante desordenada de decisiones, necesidades y casualidades en una historia que parece haber sabido desde el principio adónde iba.

Nos gustan esas historias porque llevan bien las costuras. Si alguien acaba siendo arquitecta, resulta tentador recordar que de pequeña dibujaba casas; si termina dedicándose a la cocina, aquel interés por preparar postres con su abuela adquiere de pronto otro significado; si monta una empresa tecnológica, el ordenador que desmontaba con quince años deja de ser una afición y pasa a ocupar el lugar de primer capítulo. Puede que en algunos casos lo fuera, claro, pero también puede que estemos escribiendo ese primer capítulo después de haber leído el último.

La vocación resulta especialmente útil para ordenar todo eso porque convierte el camino recorrido en dirección. Ya no parece que una persona llegara a un sitio por una sucesión de circunstancias, sino que estaba encaminada hacia él, y hay gente para la que seguramente sea así. Hay quien sabe muy pronto qué quiere hacer, organiza buena parte de su vida alrededor de esa certeza y termina ejerciendo precisamente aquello que imaginó años antes. La vocación existe; lo extraño es convertirla en requisito para que una trayectoria profesional parezca coherente o valiosa.

Porque muchas vidas laborales empiezan de una manera bastante menos elegante. Alguien acepta un empleo porque está cerca de casa, otro entra en una empresa porque conoce a quien trabaja allí, una carrera se escoge después de no conseguir plaza en la primera opción, un proyecto que debía durar seis meses empieza a crecer o una responsabilidad familiar obliga a cambiar unos planes que parecían bastante claros. En el momento en que ocurre, nada de eso parece una vocación. Parece simplemente la vida haciendo sitio donde puede.

Después pasan los días y ocurre algo que solemos contar bastante menos: aprendemos. Pasamos suficientes horas haciendo una cosa como para empezar a distinguir lo fácil de lo difícil, descubrimos partes que se nos dan mejor de lo esperado, desarrollamos criterio, cambiamos maneras de trabajar que al principio simplemente imitábamos y empezamos a tomar decisiones propias. Lo que había comenzado como un empleo encontrado casi por accidente va adquiriendo poco a poco nuestra forma, hasta que un día ya no es solo el trabajo que apareció delante.

Se ha convertido en un oficio.

Y no necesariamente porque hayamos descubierto una pasión escondida que llevaba años esperando salir. A veces sucede algo mucho menos espectacular y bastante más reconocible: aprendemos a hacer bien una cosa, encontramos sentido en algunas partes, aceptamos que otras vienen incluidas y construimos una manera propia de estar allí. Quizá hayamos dado demasiada importancia a encontrar una vocación y demasiado poca a construir una relación con el trabajo que uno ha encontrado.

No es exactamente lo mismo.

Buscar la vocación supone imaginar que existe algo ahí fuera que encaja especialmente bien con nosotros y que nuestra tarea consiste en descubrirlo. Construir un oficio tiene bastante menos brillo, porque exige entrar en algo que quizá no conocemos del todo, aprenderlo, comprobar qué podemos aportar y decidir con el tiempo qué parte queremos conservar y cuál preferimos cambiar. La vocación, en ese sentido, puede llegar después del oficio o puede no llegar nunca sin que eso convierta necesariamente el trabajo en una equivocación.

Se puede hacer bien algo sin sentir que estaba escrito en ninguna parte, del mismo modo que se puede encontrar satisfacción, responsabilidad, orgullo o incluso cariño por una profesión sin necesidad de llamarla destino. También puede ocurrir lo contrario y descubrir, después de años, que aquello que aprendimos a hacer bien ya no es el lugar en el que queremos seguir, porque una cosa es dominar un oficio y otra muy distinta estar obligado a conservarlo para siempre.

Todo esto complica un poco aquella frase que durante años se ha repetido tanto sobre trabajar en lo que te apasiona. Suena bien, pero deja fuera demasiadas cosas: hipotecas, ciudades, familias, oportunidades disponibles y momentos vitales que también participan en las decisiones aunque no queden especialmente bonitas en una entrevista. Además, la pasión tampoco permanece quieta. Algo que fascinaba a los veinte puede resultar insoportable a los cuarenta, mientras que un trabajo al que llegamos sin demasiado entusiasmo puede terminar ofreciéndonos una vida que nunca habíamos sabido imaginar.

Pasa con libros, con ciudades, con deportes y hasta con personas. No siempre nos interesan antes de conocerlos y quizá con el trabajo ocurra algo parecido, de modo que la pregunta «¿cuál es tu vocación?» puede obligarnos a encontrar una certeza demasiado pronto, cuando apenas conocemos una parte mínima de los trabajos que existen y de muchos solo sabemos el nombre, no lo que ocurre un martes cualquiera a las once de la mañana cuando hay tres problemas pendientes y alguien espera una respuesta.

Elegimos muchas veces con información bastante pobre y después la vida se encarga de corregir la primera versión. Hay personas que estudiaron una cosa y ejercen otra, profesionales que cambian completamente a los cuarenta, gente que vuelve a lo que abandonó, trabajos que desaparecen y otros que ni siquiera existían cuando tuvimos que escoger qué queríamos ser. Algunos proyectos nacen como solución provisional y terminan ocupando media vida, mientras otros que parecían definitivos duran bastante menos de lo previsto.

Nada de eso tiene por qué ser un error.

Quizá simplemente sea una señal de que hemos confundido durante demasiado tiempo dos preguntas distintas. Una es cómo llegaste hasta aquí y otra, bastante más interesante, por qué sigues aquí. La primera puede contener azar, necesidad, familia, una recomendación, falta de alternativas o una oportunidad inesperada; la segunda habla de lo que hemos encontrado después, de aquello que aprendimos, de lo que somos capaces de aportar o de la vida que ese trabajo nos permite construir.

No hace falta que ambas respuestas coincidan.

De hecho, cuando intentamos forzar esa coincidencia empezamos a reconstruir nuestra propia historia para que parezca más coherente. Las dudas se convierten en señales, las casualidades en decisiones y las circunstancias en una especie de destino que estaba allí desde el principio. El currículum termina pareciendo mucho más ordenado que la vida que lo produjo, y quizá por eso algunas biografías profesionales suenan tan limpias que cuesta reconocer dentro a la persona que tuvo que vivirlas.

También hay algo peligroso en creer demasiado en la idea de haber encontrado por fin «lo nuestro». Si el trabajo deja de encajar, marcharse puede empezar a sentirse no como cambiar de profesión, sino como traicionar una parte de nuestra propia historia. Ya no estamos dejando un puesto, estamos abandonando una vocación, y esa palabra pesa mucho más de lo que quizá debería.

Conviene dejar algún espacio para cambiar de opinión, para aceptar que algo pudo ser nuestro durante diez o quince años y dejar de serlo después, o que una profesión puede habernos enseñado mucho sin tener por qué acompañarnos hasta la jubilación. Haber invertido tiempo en un camino no obliga a recorrerlo entero, igual que hacer propio un oficio no significa firmar con él un contrato para siempre.

Quizá baste con algo bastante más modesto: mientras estuvimos allí, dejamos de vivirlo como una circunstancia que simplemente nos había ocurrido y empezamos a tomar decisiones dentro de ella. Aprendimos, elegimos, cambiamos cosas, encontramos algunas propias y descartamos otras, hasta que aquello dejó de parecernos completamente ajeno.

No todas las profesiones necesitan una historia de amor en el primer capítulo. Algunas empiezan con curiosidad, otras con necesidad, algunas con una puerta que estaba abierta y otras con otra puerta que se cerró justo antes y obligó a buscar una entrada distinta. Después pasan los años, hacemos cosas con lo que encontramos y, cuando miramos hacia atrás, todo parece mucho más claro de lo que fue mientras estaba sucediendo.

Quizá la vocación no sea siempre aquello que nos llevó hasta un lugar.

A veces es simplemente el nombre que ponemos después a todo lo que construimos una vez dentro.