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Crecer, sí. Pero no a cualquier precio

Seguir presupuestando comunidades con precios de 2010 no es prudencia ni tradición. Es una forma lenta de vaciar el despacho por dentro. Crecer con cabeza quizá empiece justo ahí: en saber cuánto cuesta de verdad sostener un buen servicio.

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Bonus: Eduardo Macho

4 min de lectura

Tras la conversación con Edu (me resisto a llamarlo Eduardo) se me quedó marcado cómo habla de presupuestos con precios de 2010 casi sin cambiar el tono, como quien señala una grieta vieja que lleva años en la pared y a la que ya demasiada gente se ha acostumbrado. No lo dice para hacer una denuncia solemne ni para ponerse estupendo, sino porque lo sigue viendo, y porque además muchas veces la explicación sigue siendo igual de pobre: siempre se ha hecho así.

Ahí no hay solo una mala costumbre. Hay una forma de llevar el despacho que durante demasiado tiempo ha confundido aguantar con hacerlo bien, crecer con coger más comunidades y dar buen precio con aceptar encargos que ya nacen torcidos en la cuenta. Luego llegan las prisas, los retrasos, las semanas que se desmontan por cualquier imprevisto y esa sensación tan conocida de trabajar mucho, hablar con todo el mundo y terminar el día con la impresión de no haber llegado de verdad a nada.

Porque una comunidad mal cobrada no se queda en un número bajo dentro de un presupuesto. Se mete en el tiempo que puedes dedicarle, en el seguimiento que haces, en la paciencia con la que resuelves una incidencia y en el margen que te queda cuando aparece algo que nadie esperaba. Si la cuenta arranca mal, todo lo demás se estrecha, y entonces lo que parecía un problema puntual empieza a repetirse demasiado: el proveedor que no responde te rompe media mañana, la junta complicada te arrastra varios días y cualquier obra o derrama destapa una falta de aire que venía de antes.

Por eso pesa tanto lo que dice Eduardo cuando junta en la misma conversación los costes del despacho y la tecnología. Meter herramientas ayuda, claro que ayuda. Ordena, ahorra tiempo, evita repeticiones y deja mejor atadas muchas tareas que antes se iban por las rendijas del día. Pero ninguna aplicación arregla una comunidad que se aceptó por debajo de lo que pedía de verdad. Antes de pensar en lo siguiente que conviene incorporar, quizá toca sentarse a mirar algo bastante menos vistoso y bastante más serio: cuánto cuesta llevar bien una comunidad, cuánto tiempo consume, cuántas llamadas, cuántos correos, cuánta revisión, cuánta explicación y cuánta presencia exige cuando las cosas se ponen feas.

Durante años se ha hablado de honorarios como si todas las comunidades pesaran parecido, como si el trabajo fuera más o menos el mismo y como si el administrador siguiera limitándose a convocar juntas, pagar facturas y redactar actas. Pero hace tiempo que eso se quedó corto. Hoy hay más canales, más fricción, más vecinos que esperan respuesta inmediata, más dependencia de terceros, más necesidad de dejar las cosas claras y bastante menos margen para improvisar sin que luego llegue la factura en forma de desgaste. Seguir cobrando como antes no tiene mucho de prudencia. Se parece más a seguir posponiendo una cuenta que ya hace tiempo que no sale.

Quizá una parte de la madurez que le falta a la profesión tenga que ver con eso, no con parecer más moderna ni con llenar el despacho de palabras nuevas, sino con algo bastante más sencillo y bastante menos lucido: saber cuánto vale el tiempo propio, cuánto cuesta sostener un servicio digno y qué se está regalando cada vez que se acepta una comunidad por debajo de lo razonable. Porque crecer no siempre consiste en sumar. A veces consiste en escoger mejor, en ordenar mejor y en aceptar de una vez que no todo lo que entra ayuda a sostener una casa.

Y a lo mejor el primer cambio no está en otra herramienta ni en otra comunidad más, sino en algo bastante menos aparatoso: sentarse, café delante, y hacer bien la cuenta antes de volver a decir que sí.