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Temporada 1 administración de fincas Cantabria digitalización mediación procesos

Un desayuno de domingo con Eduardo Macho: crecer con cabeza sin perder la cercanía

Eduardo Macho arranca el domingo pronto, con café, familia y esa energía de quien entra en el día sin freno. Desde Santander, al frente de ASIDE GESTION, habla de costes mal calculados, juntas tensas, una DANA que puso a prueba a todo un despacho y una idea que atraviesa su manera de trabajar: automatizar sí, pero sin soltar nunca el trato con la gente.

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Entrevista a Eduardo Macho

14 min de lectura

Eduardo se despierta pronto también en domingo, entre las siete y las nueve, y en los primeros diez minutos ya ha dejado clara una parte importante de su carácter: se pone un café e intenta que en casa se levanten con él y a su ritmo, porque es de los que arrancan a tope desde el principio. En esa primera escena aparecen enseguida Rodri, al que llama su tesoro de once años, e Isa, a la que sitúa sin rodeos como el verdadero motor de ASIDE GESTION, y aparece también una manera de empezar el día que luego se parece bastante a su forma de trabajar: con energía, con poco margen para la parsimonia y con la sensación de que, una vez puesto en marcha, cuesta poco coger velocidad.

El desayuno cambia según sea entre semana o fin de semana, y ese pequeño cambio ya dice bastante de lo que intenta proteger. Entre diario le basta un café solo, bastante grande. Si es fin de semana, la mesa se abre un poco más y deja entrar un zumito de naranja, unos huevos estrellados con pavo y, sobre todo, la posibilidad de que el trabajo no se coma del todo el tiempo de casa. Lo que intenta cuidar ahí es bastante simple y bastante serio a la vez: tiempo de calidad con la familia y un rato para hacer algo de deporte, porque se define como una persona inquieta y sabe que necesita actividad para no volver aún más locos a los que tiene alrededor.

Cuando la semana viene cargada, la calma no le llega por una teoría de manual ni por un gesto impostado de desconexión. Le devuelve el sitio pasar tiempo con su mujer y su hijo, jugar un buen partido de pádel o tener una buena charla con algún compañero de fuera y hacer, como él dice, una especie de terapia conjunta. Hay algo muy reconocible en eso, porque la profesión se sostiene muchas veces en la mesa de una junta o en el teléfono con un propietario, pero también en esas conversaciones entre colegas donde uno deja de explicar tanto y puede ir bastante más al grano.

Si no pudiera presentarse como administrador de fincas, lo haría en una frase que, en realidad, resume bastante bien el oficio cuando se le quita el barniz administrativo: solucionador de problemas y mediador de conflictos. Y si tuviera que escoger un objeto de su casa o de su despacho que lo retratara mejor, no se iría a nada solemne ni simbólico. Escoge la cafetera, porque le encanta un buen café y porque, aunque dice que se está limitando un poco, sigue tomando muchos a lo largo del día. Tampoco convierte la profesión en una montaña ni en un paisaje áspero. Prefiere una versión de verano, con playita, sol y diversión, porque suele ser la época más tranquila del despacho. La imagen no es menor. Incluso cuando habla del oficio, Edu tiende a bajar las cosas al terreno de lo vivible.

No entró en la profesión respondiendo a una vocación antigua ni a una escena fundacional redonda. Acabó en ella de rebote, aunque siempre se ha encontrado cómodo dentro, y lo interesante es que sitúa el verdadero “esto es lo mío” no al principio, sino hace aproximadamente dos años. Ese matiz le da verdad al relato, porque una cosa es llegar a un trabajo, aprender a moverse dentro y sacar adelante el día, y otra distinta terminar de reconocerse en él. En su caso, esa identificación llegó más tarde.

Su primer encargo tampoco tuvo nada de épico. Terminando la carrera ayudó a su padre, que era electricista, a legalizar la luz y la licencia de primera ocupación de una comunidad de propietarios para una señora que gestionaba varias comunidades y estaba muy perdida porque no entendía qué había que hacer. Incluso antes de entrar de lleno en la administración de fincas, dice que aprendió ahí una lección muy concreta: lo que ocurre cuando alguien es malo en su trabajo y las consecuencias que trae hacer mal las cosas. Es una escena pequeña, casi lateral, pero explica bastante bien por qué luego aparece tantas veces la importancia del método, del seguimiento y de asumir lo que toca asumir.

Cuando se le pregunta por la primera metedura de pata, se ríe antes de responder. Ha tenido tantas que no se acuerda de cuál fue la primera. Lo que sí tiene claro es que un buen profesional se ve cuando asume las consecuencias de sus actos, y lo coloca como uno de sus principios tanto en lo personal como en el trabajo. No habla de errores con orgullo de superviviente ni con tono de falsa humildad. Dice, simplemente, que no han tenido problemas graves, pero que los que han ido surgiendo los han asumido y resuelto. En una profesión tan expuesta al roce, ya es bastante decir.

Cuando le pides un día normal en tres escenas, devuelve la pregunta con ironía: si los administradores de fincas tenemos de verdad días normales. La respuesta funciona porque no intenta adornar algo que cualquiera del sector reconoce enseguida. La normalidad aquí es relativa. Hay juntas que se tensan, acuerdos que luego alguien intenta reinterpretar y situaciones en las que toca reaccionar rápido. Recuerda especialmente dos reuniones en las que casi llegan a las manos. No se recrea en el detalle; dice solo lo necesario: se puso en medio, las dio por finalizadas al momento y continuaron otro día. Hay profesiones donde buena parte del trabajo consiste en impedir que una situación se rompa del todo antes de que exista siquiera la posibilidad de arreglarla.

Para que los acuerdos no terminen convertidos en un “yo entendí otra cosa”, su método no es sofisticado, pero sí insistente: repetir varias veces cuál es el acuerdo y preguntar si alguien tiene dudas. Aun así, reconoce que incluso con esas cautelas hay veces en que después quieren cambiarlo. La observación tiene bastante fondo. No siempre faltan explicaciones; a veces falta voluntad de aceptar lo que ya se dijo y lo que ya se votó.

Cuando la conversación baja al problema principal de muchas comunidades, Edu no busca una formulación elegante. Dice dinero, o más exactamente falta de dinero. Añade enseguida la otra parte del asunto: no nos sabemos planificar, y cuando se acercan las derramas y las obras los conflictos se multiplican. Las obras que con más facilidad parten una comunidad en dos son también de las que casi nadie discute por capricho, porque duelen en la cuenta y en la convivencia: rehabilitaciones integrales de fachadas y cubiertas, e instalación de ascensor en edificios que no lo tienen de origen. Ahí se juntan necesidad, coste, miedo y una planificación que muchas veces llega tarde.

El episodio que más le puso a prueba llegó con la DANA de 2021. Una urbanización quedó inundada, el agua llegó hasta un primer piso y hubo que desalojar a unas cincuenta familias. En las primeras horas hicieron lo que él considera prioritario en una situación así: llamar uno a uno a los propietarios, ver cómo estaban, comprobar si tenían un sitio donde dormir aquella noche y, sobre todo, dar tranquilidad y hacerles sentir que no estaban solos. Después vino la tramitación de siniestros con el Consorcio y la orientación también con los seguros. Esa secuencia importa porque deja muy clara su idea del oficio: primero acompañar, luego ordenar el golpe.

Esa forma de estar no está reñida con una manera muy precisa de organizar el trabajo. Cuando una incidencia entra, puede hacerlo por distintos canales, pero el recorrido se define bastante rápido: recogida de información, registro en el programa, asignación a proveedor, idealmente con grado de urgencia, comunicación a proveedor, afectado y presidente, planificación del seguimiento, validación del trabajo y cierre. Con las facturas ocurre algo parecido. Suelen llegar por correo a una cuenta específica de facturación; FincasPlus ayuda a identificar la información básica, organizarlas y registrar la entrada; después se comprueba que el servicio se haya realizado y para eso se revisa la incidencia o la gestión que originó el trabajo, se confirma con la persona que comunicó la incidencia y se contrasta, cuando existe, con el presupuesto aprobado. A partir de ahí se revisa que el importe sea correcto, se comparan presupuestos, se comprueban tarifas de mantenimiento, se verifica que el gasto corresponda a la comunidad y al servicio realizado y, si se trata de un gasto extraordinario o de importe elevado, puede requerir validación del presidente o incluso de la junta. Las transferencias se programan y ejecutan los viernes. A los proveedores habituales y de confianza, cuando la relación está verificada, se les autoriza a emitir giros bancarios domiciliados directamente en la cuenta de la comunidad.

En ese entramado de trabajo diario hay tres herramientas que coloca por encima del resto. La primera es WhatsApp, que entiende como una vía de contacto directo con clientes y proveedores, reforzada además con herramientas complementarias como Dialogfy para repartir conversaciones entre miembros del equipo y programar mensajes. La segunda es FincasPlus Elite, que le permite llevar la contabilidad al día y gestionar incidencias, contratos o siniestros; llega a decir que no sabe cómo vivían sin programa, y en esa frase hay menos hipérbole de la que parece. La tercera es TextExpander, que le ahorró mucho tiempo de una forma sencilla y le dio impulso para animarse a implantar otras herramientas.

Cuando se le pregunta qué canal le desgasta más con los propietarios, no adopta una postura defensiva contra lo inmediato ni contra la mensajería. Al contrario, se declara un fiel defensor del WhatsApp, bien utilizado. Lo defiende con argumentos prácticos: tiene una tasa de apertura altísima, casi todo el mundo lo lleva encima y el correo electrónico, en su opinión, terminará pareciéndose a la carta postal actual. Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, no sería una regla técnica especialmente sofisticada. Obligaría a empezar cualquier comunicación con unos buenos días o unas buenas tardes y a despedirse cordialmente. También ahí, en algo tan pequeño como el saludo, se ve qué clase de roce diario termina desgastando de verdad un despacho.

En materia de fraude digital, de momento no han tenido un susto serio, y lo dice tocando madera, pero después de un curso en INCIBE han cogido cierto miedo y se muestran bastante precavidos con la autorización de pagos y con las cuentas a las que se realizan. Esa cautela encaja bien con la otra gran conversación que atraviesa la entrevista: la tecnología. Edu dice que su concepto de administración está basado en la cercanIA y la empatIA, y la frase, más allá del juego, marca un límite bastante nítido. La parte del trato con el cliente no la dejaría nunca en manos de una máquina, aunque sí cree que uno puede apoyarse en ella para mejorar la experiencia del cliente y ser más eficiente y más efectivo.

Las herramientas que utiliza para eso no aparecen como un escaparate de novedades, sino como piezas concretas de trabajo. ChatGPT le resulta útil para comparativos de presupuestos, actas, organización del despacho y búsqueda de otras herramientas o soluciones alternativas. Postmark le sirve para el seguimiento de apertura de correos. Zadarma le permite llamar desde cualquier terminal como si estuviera en la oficina. Jotform lo utiliza para formularios de delegación de voto, nuevos propietarios o domiciliaciones. NotebookLM le ayuda con libros de actas, pólizas o estatutos escaneados por comunidad y con un acceso sencillo a esa información. Power Automate le sirve para descarga de facturas y clasificación automatizada. Y cuando piensa en un teléfono nuevo, la primera aplicación que instalaría es WhatsApp; las primeras que eliminaría serían las redes sociales, aunque admite que pasaría una temporada con bastante mono porque les dedica más tiempo del que debería.

En el tramo final de la conversación, donde muchas entrevistas se van a una abstracción cómoda, Edu vuelve a pisar terreno firme. El reto más urgente de la profesión, a su juicio, es aprender a calcular bien los costes del propio negocio y presupuestar correctamente una comunidad. Dice que todavía se ven presupuestos con precios de 2010 y que, cuando preguntas por qué, muchas veces la respuesta es que simplemente les dijeron al empezar que ese era el precio. Ahí detecta una falta de cultura empresarial que la profesión sigue arrastrando. A eso suma dos frustraciones muy concretas del día a día: la dependencia de terceros, especialmente proveedores, porque muchas veces es el administrador quien da explicaciones por la diligencia, o por la falta de ella, de empresas que no dependen directamente de su gestión; y la falta de criterio o de asunción de responsabilidades por parte de algunos clientes, que toman decisiones en junta y, cuando las consecuencias no son las esperadas, tienden a mirar al administrador aunque su papel haya sido ejecutar los acuerdos adoptados.

Cuando se le plantea dónde ve la oportunidad más clara en los próximos años, sitúa primero la digitalización. Cree que va a marcar una diferencia importante entre despachos, porque los administradores más avanzados tecnológicamente tendrán una ventaja competitiva clara y porque buena parte de los procesos internos puede automatizarse sin que el cliente perciba necesariamente qué parte del trabajo realiza una persona y cuál no. Más pronto que tarde, dice, la digitalización dejará de ser un elemento diferenciador y pasará a ser un requisito básico para poder competir. Y justo ahí, cuando todos trabajen con herramientas parecidas y niveles de eficiencia similares, el verdadero elemento diferencial volverá a estar en la capacidad del administrador para gestionar personas y conflictos. Por eso, a largo plazo, cree que la mediación será cada vez más importante.

Su visión del futuro de los despachos va en la misma línea: estructuras más grandes y más profesionalizadas, capaces de gestionar un mayor volumen de comunidades gracias al apoyo de la tecnología y a procesos más eficientes. Las tareas administrativas y repetitivas estarán automatizadas, y las personas se dedicarán sobre todo a la parte más humana del trabajo, a atender propietarios y ayudar a resolver necesidades particulares. El administrador dejará de ser tanto un gestor administrativo para parecerse cada vez más a un gestor de relaciones y de decisiones, apoyado por una estructura tecnológica potente detrás.

El consejo que le habría gustado recibir al empezar tampoco es técnico. Dice que uno de los mayores aprendizajes de estos años ha sido salir del despacho y compartir con otros compañeros, y que ojalá lo hubiera hecho mucho antes. Siempre dice que tiene una vida profesional hasta 2022 y otra distinta en los últimos cuatro años. A partir de ese momento empezó a hablar más con otros administradores, a compartir experiencias y a ver cómo trabajaban, y eso le abrió mucho la perspectiva sobre la profesión y sobre cómo mejorar su propio despacho. A un colega que empieza le diría que crezca con cabeza, que no coja todas las comunidades que le lleguen solo por crecer rápido, que es importante formarse desde el minuto cero y que, sobre todo, se rodee de buenas personas, tanto dentro del despacho como entre otros compañeros del sector.

Si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, le gustaría que quedara claro que fue un buen compañero y un buen amigo, alguien que transmitía buen rollo y con quien era fácil compartir experiencias y trabajar. Y, por encima de todo, que fue una persona feliz con lo que hacía y con la gente con la que lo compartía. No es una ambición pequeña. Es una forma bastante completa de explicar qué querría conservar cuando todo lo demás, clientes, incidencias, urgencias y herramientas, haya cambiado ya varias veces.

Al final recomienda, con bastante honestidad, algo que le ha servido de verdad: los vídeos de Fynkus, porque le han ayudado a coger ideas, divertirse, formarse y hacer grandes amigos. Y antes de cerrar deja tres nombres para seguir tirando del hilo: Irene Gil, [[César Sánchez]] y Anjara Calle. El domingo, mientras tanto, vuelve al lugar del que partía todo, a ese café del arranque, a la familia, al deporte y a una forma de entender el oficio donde método y cercanía no se estorban, sino que se sostienen mutuamente.

Citas destacadas

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"Solucionador de problemas y mediador de conflictos."

— Eduardo Macho

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