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El trabajo que entra por el bolsillo

Durante mucho tiempo el trabajo tuvo una puerta, un horario y una manera bastante clara de acabar cada día. Ahora una parte de esa frontera cabe en el bolsillo y convierte la disponibilidad en una exigencia casi continua. A partir de una idea que apareció en la conversación con **Lito Garay**, este bonus se detiene en esa confusión entre **atender bien** y **no terminar nunca de salir del trabajo**.

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Bonus: Rafael Garay

5 min de lectura

La idea de este bonus sale de una frase que apareció en la conversación con Lito Garay y que se quedó rondando después, quizá porque no hablaba solo de su caso ni de su despacho, sino de una forma de trabajar que se ha ido normalizando sin que apenas la hayamos discutido: la de estar siempre localizable, la de aceptar que cualquier asunto pueda llegar a cualquier hora y la de confundir, casi sin darnos cuenta, la atención con la disponibilidad permanente.

Durante mucho tiempo el trabajo tuvo límites más visibles. Estaba la oficina, estaba el teléfono, estaba la hora de abrir y también la de cerrar. No es que entonces todo fuera sencillo, pero al menos existía una separación reconocible entre el tiempo de trabajo y el resto. Ahora buena parte de esa frontera cabe en un bolsillo, vibra en mitad de una comida, se ilumina mientras hablas con alguien o aparece en la pantalla cuando ya habías dado el día por terminado. No hace falta una urgencia real para que la sensación de urgencia entre en casa. Basta con que el mensaje llegue.

El cambio importante no está solo en la herramienta. Está en lo que la herramienta ha ido enseñándonos a aceptar. Se ha ido instalando la idea de que trabajar bien consiste también en estar siempre a mano, como si responder rápido fuera casi siempre una prueba de compromiso y como si dejar pasar unas horas antes de contestar rozara ya la desatención. A partir de ahí se desordena todo con bastante facilidad, porque una incidencia seria y una consulta menor acaban entrando por el mismo sitio, con el mismo tono y con la misma capacidad de interrumpir lo que uno estaba haciendo.

Ese es seguramente uno de los problemas menos nombrados de muchos trabajos actuales. No tanto la carga de trabajo, que también, sino la desaparición de una salida clara al final del día. El cuerpo puede haber salido del despacho, pero una parte de la cabeza sigue dentro porque el siguiente aviso puede llegar en cualquier momento y porque cada mensaje trae consigo una pequeña exigencia de respuesta, aunque solo sea para decidir si merece atención inmediata o no. El desgaste no viene solo de contestar mucho. Viene de no terminar nunca de salir.

Por eso convendría pensar mejor qué entendemos cuando hablamos de cercanía, de atención o de buen servicio. Atender no debería equivaler a estar disponible a cualquier hora. Responder no debería obligar a vivir en un estado de interrupción continua. Y servir bien a alguien no puede depender de que una persona mantenga siempre abierta la puerta de entrada a su tiempo privado, a su comida, a su noche o a su domingo. Hay una diferencia importante entre estar presente y estar invadido, aunque muchas veces el lenguaje cotidiano las mezcle.

También se ha repetido mucho, quizá demasiado, que la tecnología venía a ordenar el trabajo. A veces lo hace. Otras veces simplemente desplaza el desorden y lo mete más adentro. Lo que antes se acumulaba en una mesa o en una bandeja de entrada ahora acompaña a la persona a todas partes, y esa cercanía constante tiene un precio que rara vez se cuenta del todo. No se mide bien el cansancio de tener que decidir una y otra vez si mirar, si responder, si esperar, si justificar la espera o si volver a explicar que no todo puede resolverse en el mismo minuto en que aparece.

De fondo hay una cuestión bastante más seria de lo que parece. Cuando todo el mundo puede entrar a cualquier hora por la misma pantalla, el problema deja de ser solo organizativo y pasa a ser casi una forma de vida. El trabajo ya no ocupa únicamente una franja del día, sino que queda disperso en pequeños asaltos, en interrupciones breves, en avisos que parecen menores y que, sumados, terminan alterando la forma en que uno descansa, conversa o simplemente está. No hace falta que cada mensaje sea grave para que el efecto acumulado termine siéndolo.

Quizá por eso una de las conversaciones más necesarias hoy no tiene que ver con qué herramienta usar ni con qué aplicación ahorra más tiempo, sino con algo previo y bastante menos vistoso: cómo se protege una jornada para que no se deshaga por los bordes, cómo se ordena la entrada de asuntos para que no todo parezca urgente y cómo se recuerda, sin tener que pedir perdón por ello, que trabajar bien no exige estar siempre disponible. Porque una cosa es facilitar el contacto y otra muy distinta entregar por completo el ritmo de la propia vida a la lógica de la notificación.

A veces se habla de desconectar como si fuera un lujo, una habilidad personal o una disciplina íntima que cada cual debería aprender por su cuenta. Quizá convendría decirlo de otra manera. Desconectar no es un extra. Es una condición bastante básica para que el trabajo no acabe ocupando más espacio del que le corresponde y para que quien está al otro lado pueda seguir haciendo bien su tarea sin vivir atrapado dentro de ella. No se trata de trabajar menos, sino de impedir que el trabajo termine entrando en casa por el bolsillo y acabe ocupando también lo que no debería tocar.