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Un desayuno de domingo con Sergio Waliño: el trabajo empieza el lunes

Sergio Waliño sale a caminar dos horas por el campo y no desayuna: el domingo pertenece a la familia y el trabajo empieza el lunes. Desde Madrid, habla de mediación, egos, errores que tuvieron un coste, correos mal usados y una digitalización que no puede borrar la relación personal con el administrador.

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Entrevista a Sergio Waliño

11 min de lectura
Sergio Waliño, administrador de fincas
Ilustración: Gemini

El domingo de Sergio Waliño no empieza alrededor de una mesa, sino caminando. Se levanta a las siete, pasa por el baño y sale a recorrer el campo durante unas dos horas, sin una dirección urgente ni nadie esperando una respuesta. Cuando vuelve tampoco prepara café, tostadas o algo dulce. Practica ayuno intermitente, come hacia las dos de la tarde y cena alrededor de las ocho, así que para sentarnos con él habrá que esperar un poco más de lo habitual.

Lo que sí está decidido desde primera hora es a quién pertenece el día. “El fin de semana está dedicado a mi familia. El trabajo empieza el lunes”. No habla de intentar desconectar, silenciar notificaciones o reservar unas horas. Habla de una frontera bastante más clara. Durante la semana se ocupa de las comunidades; el sábado y el domingo, de su gente.

Cuando llega cargado al final de una semana, recupera el sitio de varias maneras. Estando en casa con la familia, jugando al pádel o al fútbol, saliendo a pasear o hablando con amigos. No parece buscar una única actividad reparadora, sino cualquier cosa que lo devuelva a una vida donde no todo entra convertido en incidencia.

El objeto que mejor lo retrata lleva esa idea todavía más lejos. No escoge el teléfono, el ordenador ni algo relacionado con el despacho. Escoge la cama. Le gusta dormir y, durante las vacaciones o los fines de semana, intenta echarse una siesta y no pensar en nada, como cuando era niño y todavía no tenía responsabilidades. La imagen no necesita demasiada interpretación: unas horas en las que nadie reclama una respuesta, no hay una decisión pendiente y el tiempo puede pasar sin tener que justificarlo.

Fuera de la tarjeta profesional, Sergio se presenta como “tu mediador de confianza”. La frase encaja con la manera en que entiende su lugar en una comunidad. No se coloca por encima de los propietarios ni se atribuye decisiones que no le corresponden. Su trabajo consiste en hacer que hablen, que expongan sus posiciones y, si es posible, que lleguen a entenderse.

Si la profesión fuera un paisaje, elegiría una gran ciudad como Nueva York, Madrid o Londres, llena de edificios y movimiento. No habla de una calle tranquila ni de una vista desde lejos, sino de un paisaje urbano donde muchas personas comparten estructuras, servicios y espacios sin mirar necesariamente en la misma dirección. En una ciudad, como en una comunidad, cada cual se mueve atendiendo primero a sus necesidades, aunque todos dependan de que ciertas cosas comunes sigan funcionando.

Sergio no recuerda un instante en el que pensara que aquello era lo suyo. En realidad, dice que nunca lo ha pensado. Llegó al sector para ayudar a su padre, porque antes se dedicaba a otra cosa, y fue dentro donde descubrió que le gustaba y se sentía bien. La profesión le resulta muy exigente y le plantea retos constantes, pero eso, lejos de apartarlo, conecta con una parte de su carácter: le gusta competir.

Esa exigencia aparece pronto por la mañana. El día empieza con un café y la apertura del correo. Después pregunta al equipo cómo están las incidencias del día y qué asuntos siguen sin resolverse. El punto crítico no tiene una hora concreta porque, según Sergio, pueden serlo todos o ninguno. Depende del problema, pero también de quién lo está viviendo y de cómo se lo toma.

Lo resume con una frase que podría estar pegada junto a la bandeja de entrada de cualquier despacho: “No hay nada urgente, sino gente con prisa”. No significa que los problemas no importen, sino que la intensidad con la que llegan no siempre coincide con su gravedad. Una incidencia puede ser seria sin que nadie levante la voz, mientras otra bastante menor entra acompañada de varios correos, llamadas y exigencias.

El cierre del día intenta ser tan claro como el límite del fin de semana. Se cierra el despacho y hasta mañana. Si hay junta, queda menos tarde; si no la hay, queda más tiempo para la familia y los amigos. No convierte la salida en una ceremonia de desconexión. Termina y se marcha.

La primera metedura de pata que recuerda tuvo un coste real. No comunicaron a los organismos de control que se habían realizado las subsanaciones derivadas de unas inspecciones OCA. Las comunidades fueron sancionadas y el despacho tuvo que asumir las consecuencias, aunque el seguro de responsabilidad civil profesional terminó cubriéndolas sin problemas. No fue un malentendido ni una anécdota simpática, sino uno de esos errores administrativos capaces de convertir un trabajo realizado en una sanción por no haber dejado constancia de que se hizo.

En las juntas, sin embargo, Sergio no ha vivido todavía ninguna situación que considere verdaderamente fuera de control. Cuando se le pregunta qué hace para evitar que un acuerdo termine en el habitual “yo entendí otra cosa”, su primera respuesta es desconcertante por su franqueza: “Nada”.

Después lo explica. Los comuneros deben hablar entre ellos y alcanzar sus propios acuerdos. Él no toma las decisiones, sino que intenta que conversen, se expliquen y se entiendan. Si no lo consiguen, seguirán como estaban. La respuesta puede sonar distante, pero marca con precisión una frontera profesional: el administrador puede ordenar la conversación y facilitar que avance, pero no fabricar un acuerdo que los propietarios no están dispuestos a construir.

Ese límite también aparece cuando habla del principal problema de las comunidades. Para Sergio es el egoísmo de cada uno, que resume con una frase difícil de mejorar: “Todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío”. La ironía funciona porque no se coloca fuera del problema. Todos miran primero desde su posición, con sus intereses, sus necesidades y su economía. El conflicto empieza cuando se espera que los demás miren el edificio exactamente desde el mismo sitio.

Las obras grandes hacen especialmente visible esa diferencia. La instalación de un ascensor o la rehabilitación de una fachada pueden dividir una comunidad tanto por el coste como por la estética. No todos pueden pagar lo mismo con la misma facilidad y tampoco todos imaginan del mismo modo cómo debería quedar el edificio. La discusión técnica acaba mezclándose con el dinero, el gusto y el beneficio que cada uno cree que obtendrá.

Cuando se le pide que elija un siniestro especialmente serio, no lo hace. Para él todos son serios y deben tratarse de la misma manera. No identifica ninguno que merezca una consideración especial por encima de los demás. La respuesta evita construir una jerarquía basada en lo espectacular: quien comunica una incidencia no necesita saber que ha habido otras peores, sino que la suya va a seguir un recorrido hasta quedar resuelta.

Ese recorrido empieza con la entrada del aviso. Después se contacta con el proveedor o con la aseguradora, según corresponda, y se informa a los propietarios de que la incidencia ha sido comunicada. El despacho mantiene el contacto para comprobar el avance, confirma el resultado con el propietario y, cuando está resuelto, cierra el asunto. No hay aquí una épica del ticket ni una teoría de procesos: solo la sucesión de pasos que evita que un problema se quede suspendido porque alguien con prisa lo empujó a la bandeja y nadie volvió a mirarlo.

Con las facturas el circuito es más breve. Llegan por correo, se contabilizan, se guardan en la carpeta de la comunidad y se comprueba el pago en el banco o se realiza la transferencia. Sergio no presenta estos procesos como una transformación extraordinaria del despacho. Los presenta como la forma concreta de que un aviso o una factura no dependan de la memoria de quien los recibió.

Sus herramientas imprescindibles siguen esa misma lógica: el programa de gestión de comunidades, el teléfono y los canales de comunicación, principalmente WhatsApp y correo electrónico. De todos ellos, el correo es el que más lo desgasta porque, según dice, la mayoría de los propietarios no sabe utilizarlo bien.

Si pudiera imponer una norma digital durante un mes, pediría que quien escriba exigiendo y con faltas de ortografía dejara de escribir. Añade un “por favor” que apenas suaviza la propuesta. Detrás de la broma hay una queja bastante concreta sobre el deterioro de las formas, la exigencia convertida en tono habitual y mensajes que llegan sin el cuidado mínimo que se espera de quien reclama atención.

Hasta ahora no ha tenido que enfrentarse a un intento de fraude digital mediante una factura falsa, una suplantación o un cambio de cuenta bancaria. En un oficio donde la urgencia ajena intenta abrir puertas, esa ausencia no es un detalle menor: también forma parte del paisaje. En un teléfono nuevo, la primera aplicación que instalaría sería la del tiempo. No elige una herramienta de trabajo ni un canal de incidencias. Elige mirar hacia fuera. No señala cuál eliminaría, y la respuesta se queda ahí, sin catálogo ni justificación larga.

La inteligencia artificial ya ha entrado en su trabajo, sobre todo para redactar actas, pero Sergio no cree que su incorporación pueda hacerse sin medir bien las consecuencias. La sociedad todavía tiene que aprender a relacionarse con estas herramientas y, en administración de fincas, una adopción demasiado visible puede generar rechazo. Hay comunidades que podrían marcharse si sienten que la gestión se está dejando en manos de una máquina.

Para él sigue siendo un trabajo profundamente personal. Los propietarios quieren ver al administrador y hablar con él. No basta con recibir un documento correcto o una respuesta rápida si desaparece la sensación de que detrás hay alguien que conoce la comunidad, escucha y asume la conversación. La tecnología puede ayudar a redactar, ordenar o acelerar tareas, pero no puede ocupar sin más el lugar de la relación.

Por eso imagina los despachos del futuro bastante parecidos a los actuales, aunque con menos papel y más herramientas digitales. No cree que el cambio vaya a producirse tan deprisa como se suele anunciar, especialmente por razones económicas. Digitalizar no consiste solo en decidirse a hacerlo: exige inversión, adaptación y comunidades dispuestas a asumir el coste de una forma distinta de trabajar.

Cuando debe elegir entre rehabilitación, digitalización y mediación, Sergio se queda con la mediación. La elección encaja con aquella presentación inicial de “mediador de confianza” y con su forma de colocar la responsabilidad de los acuerdos. El despacho puede aportar información, organizar la conversación y hacer que las posiciones se escuchen, pero la decisión sigue perteneciendo a quienes comparten el edificio.

El reto más urgente de la profesión lo sitúa en la pérdida de respeto en las comunicaciones. No cree que sea un problema exclusivo de la administración de fincas, sino un deterioro más general que afecta especialmente a quienes trabajan recibiendo quejas, exigencias y frustraciones ajenas. En el día a día, además, se encuentra con propietarios que no comprenden bien las atribuciones del administrador. A veces se pregunta cómo han podido firmar una hipoteca si son incapaces de entender un balance económico de su comunidad. La frase es dura, pero su frustración también lo es.

El consejo que da a sus empleados intenta poner distancia frente a esa presión. La profesión puede ser ingrata, pero los problemas pertenecen al comunero, no al administrador. También las soluciones deben salir de los propietarios mediante sus acuerdos en junta. El despacho trabaja por encargo, no actúa por iniciativa propia gastando el dinero de la comunidad. Las decisiones se consultan con la presidencia o se llevan a junta, y son los propietarios quienes aprueban cómo utilizar sus recursos.

No es una manera de desentenderse, sino de recordar quién decide y quién ejecuta. Cuando ese reparto se confunde, el administrador termina cargando con problemas que no ha creado, decisiones que no ha tomado y gastos que no ha aprobado.

Si dentro de veinte años alguien escribiera su perfil, a Sergio le gustaría que quedaran claras dos cosas bastante sencillas: que fue honesto y que fue buena persona. Así es como se considera y así querría ser recordado, por encima del número de comunidades, las herramientas implantadas o las juntas celebradas.

La película que recomienda es Destino de caballero. Le interesa la historia de un joven pobre y sin recursos que consigue, mediante el esfuerzo, cambiar su estrella y convertirse en caballero en la Edad Media. Hay algo de competición y de superación en esa elección, pero Sergio no la convierte en una lección sobre su propia trayectoria. La recomienda y deja que la película haga el resto.

Esta vez no propone nombres para otros desayunos. El domingo sigue sin mesa, al menos hasta la hora de comer. Sergio ya ha caminado dos horas, el trabajo queda para el lunes y todavía hay tiempo para la familia, el pádel, el fútbol, los amigos o una siesta que le permita no pensar en nada. El lunes volverán el correo, las comunidades y la gente con prisa. Hoy no.

Citas destacadas

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"El trabajo empieza el lunes."

— Sergio Waliño

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