Skip to content
administración de fincas Almería digitalización comunidades de propietarios procesos desconexión tecnología

Un desayuno de domingo con Lito Garay: aprender a desconectar

Desde Almería, Lito Garay habla de juntas tensas, acuerdos que hay que dejar bien atados, WhatsApp a deshora y despachos cada vez más automatizados. Todo, al final, desemboca en una idea menos vistosa y más difícil de sostener: aprender a desconectar para no llevarse siempre el trabajo a casa.

L

Entrevista a Lito Garay

10 min de lectura
Rafael Garay, administrador de fincas
Ilustración: Gemini

Rafael Garay, al que todos llaman Lito, llega al domingo entre las 7:30 y las 8:00 y antes de pensar en café o en mensajes se queda un rato con el peque de la casa. Luego la mañana baja hasta una cafetería del paseo marítimo de Almería, donde le espera un buen café y una tostada de tomate con jamón serrano, en una escena tan sencilla y tan reconocible que casi fija por sí sola el tono de la conversación. No hay pose en ese arranque. Hay rutina, mar cerca y un poco de tiempo todavía sin invadir.

Cuando le pregunto qué intenta proteger del fin de semana para que el trabajo no se lo coma, no recurre a grandes palabras ni a rituales de manual. Dice que intenta quedar con los amigos para comer y pasar un rato juntos sin tener que pensar en el trabajo, y la frase funciona precisamente porque no necesita más explicación. No está hablando de evasión, sino de sitio. De poder estar donde toca sin que el despacho siga sonando por dentro. Y cuando la semana viene especialmente cargada, lo que más fácilmente le devuelve la calma tampoco tiene nada de sofisticado: un abrazo de su hijo. A veces una entrevista se ordena sola alrededor de una respuesta así.

Con ese arranque se entiende bastante bien cómo se define cuando se quita el cargo de encima. Dice que sería una navaja multiusos, y la imagen tiene más verdad de la que parece. No porque quiera presentarse como alguien imprescindible, sino porque el oficio le obliga a ir cambiando de herramienta, de tono y de función según lo que va entrando por la puerta. En casa, si tuviera que parecerse a un objeto, sería un tocadiscos, y ahí ya asoma otra velocidad, otro gusto por lo que no va a golpe de notificación. Si la profesión tuviera que convertirse en paisaje, la llevaría a un terreno montañoso, con desnivel, esfuerzo y tramos donde no basta con avanzar: también hay que saber por dónde se pisa.

Lo suyo no nace como una vocación grandilocuente. Dice que empezó a pensar que aquello era lo suyo después de unos meses trabajando y realizando juntas, que es una manera bastante sensata de llegar a una profesión que casi nunca se entiende del todo desde fuera. Primero se entra, luego se prueba el roce real, y solo después se ve si uno se queda. En su caso, además, la entrada tuvo continuidad: lo contrató el despacho con el que más tarde acabaría quedándose él. La frase, dicha así, sin adornos, resume bastante bien una transición que otros habrían contado con más épica y menos verdad.

De la primera metedura de pata no se acuerda, y conviene no empujar esa ausencia para convertirla en escena. No consta más. Lo que sí aparece, en cambio, es una de esas juntas que no se olvidan aunque uno no quiera convertirlas en relato. Hace unos años, cuenta, un propietario estuvo a punto de pegarle mientras toda la junta lo increpaba, y lo único que pudo hacer fue parar unos diez minutos. La imagen no necesita dramatización. Basta con verla: una sala subida de tono, el administrador en el centro del impacto y una pausa que no resuelve el conflicto pero sí evita que aquello cruce una línea peor.

Quizá por eso concede tanta importancia a dejar los acuerdos bien amarrados antes de que la memoria de cada uno empiece a reescribir lo ocurrido. Su método es simple y, precisamente por eso, eficaz: una vez votado algo, repite lo acordado un par de veces para que no queden dudas y en el acta lo deja en negrita. Puede parecer un gesto menor, pero no lo es. En un trabajo donde el “yo entendí otra cosa” aparece con una facilidad asombrosa, fijar bien las palabras no es una cuestión estética. Es método, prevención y oficio.

Cuando la conversación pasa de la sala de juntas al día a día de las comunidades, Lito no empieza por grandes conceptos ni por casuísticas jurídicas. Empieza por algo más pegado al suelo: la escasez de profesionales para cualquier oficio. Y enseguida añade otras dos capas que complican todavía más el panorama, que son la inmediatez con la que la gente quiere todo y la poca empatía generalizada. Las tres cosas juntas dibujan bien una parte del cansancio actual. No es solo que falten manos. Es que, mientras faltan, sobran la urgencia y la expectativa de respuesta inmediata.

En ese contexto no hace falta rebuscar mucho para encontrar un foco de división. Dice que cualquier derrama elevada para cualquier obra que haya que realizar puede partir una comunidad, y la respuesta suena tan directa porque en realidad no necesita apellidos. Basta con que la cifra suba, con que el esfuerzo económico se note, para que empiecen los cálculos, los reparos, las posiciones enquistadas y ese clima en el que una obra deja de ser solo una necesidad técnica para convertirse en un problema político dentro del edificio. De siniestros graves, en cambio, ahora mismo no recuerda ninguno concreto, y no hay razón para rellenar ese hueco con literatura.

Si el domingo empieza despacio, la semana cambia enseguida de tono. Sus herramientas imprescindibles son el móvil, el ordenador y la tablet, aunque cuando baja al terreno de lo que realmente le sostiene el trabajo diario el mapa se afina más: WhatsApp, ChatGPT y Fynkus. Ahí está, bastante resumido, el despacho contemporáneo de muchos administradores. Comunicación continua, gestión centralizada y apoyo tecnológico para descargar una parte del peso que antes exigía más tiempo o más manos.

No duda ni un segundo cuando le pregunto qué canal le desgasta más en la relación con los propietarios. WhatsApp, sin ninguna duda. Y lo explica con una claridad que no necesita adornos: hay quien cree que puede escribirte a cualquier hora y que tienes que contestar al momento. La frase no habla solo de una aplicación. Habla de una forma de relación cada vez más extendida, donde la cercanía se confunde con disponibilidad permanente y el mensaje enviado se vive casi como derecho a respuesta inmediata. Por eso, si pudiera imponer durante un mes una sola norma digital en todas las comunidades, la suya sería muy concreta: que todas las comunicaciones se hiciesen por correo electrónico y que dejasen de llamar por teléfono.

No es una ocurrencia. Tiene relación directa con cómo ordena el trabajo dentro del despacho. Cuando entra una incidencia, la recogen, la apuntan en el programa de gestión, avisan al proveedor o al seguro y van haciendo seguimiento hasta que queda resuelta. La secuencia está clara y eso ya dice bastante. Con las facturas ocurre algo parecido: todas llegan a un correo específico y, si para pasar el cobro al banco hace falta validación, se informa al presidente de turno y no se da el visto bueno al proveedor hasta que ese presidente no lo aprueba. Son procesos sencillos, sí, pero también son el tipo de sencillez que solo funciona cuando alguien se ha tomado en serio el orden.

En ese mismo plano práctico sitúa otra preocupación bastante menos vistosa pero cada vez más presente. Últimamente, dice, llegan muchos correos sospechosos, y añade que por suerte no ha caído en ninguno. No se extiende más, aunque tampoco hace falta. La frase basta para recordar que hoy un despacho no solo gestiona comunidades, proveedores, averías y juntas tensas, sino también una capa constante de ruido digital donde cualquier descuido puede abrir un problema nuevo.

Con la inteligencia artificial, sin embargo, no adopta ni una pose de entusiasmo ni una de rechazo. La está usando bastante como apoyo para redactar actas, escritos y algún correo, e incluso para la recogida de llamadas cuando está ocupado. La aplicación que describe no es futurista ni espectacular, pero sí real. Sirve para descargar tareas, para ordenar borradores y para que el día no dependa siempre de encontrar un rato que casi nunca sobra. Hay, no obstante, una frontera que de momento deja bien clara: la contabilidad no se la delegaría a una máquina.

Cuando enumera las herramientas digitales que más le ayudan a gestionar comunidades vuelve a salir el mismo triángulo, lo cual confirma que no estamos ante respuestas sueltas sino ante una forma estable de trabajar. Fynkus como programa de gestión, WhatsApp para las comunicaciones y ChatGPT como apoyo. Incluso en un gesto tan pequeño como cambiar de teléfono se ve ese criterio: la primera aplicación que instala siempre es WhatsApp y la que eliminaría sería cualquiera de las que vienen por defecto. Quedarse con lo útil, quitar lo accesorio, despejar ruido. También ahí hay una manera de entender el trabajo.

A partir de ese punto la entrevista se abre al sector y el foco se mueve del despacho concreto a la profesión en conjunto. El reto más urgente, para él, sigue siendo dar valor al oficio, porque mucha gente no lo percibe o no lo siente. Es una frase importante y conviene no rebajarla, porque no habla solo de reconocimiento externo ni de honorarios, aunque todo eso esté dentro. Habla también de la dificultad de hacer visible un trabajo que muchas veces solo se nota cuando algo falla, de esa paradoja por la cual se exige mucho a quien al mismo tiempo no siempre es leído en la medida real de lo que sostiene.

Cuando le planteo dónde ve la oportunidad más clara en los próximos años, entre rehabilitación, digitalización o mediación, responde que un poco en las tres. La elección, en realidad, tiene sentido. No parece un reparto diplomático, sino la intuición de que el futuro del oficio no va a venir por una sola puerta. Pero al desarrollar cómo imagina los despachos que vienen sí aparece una idea mucho más precisa: serán tecnológicos, sí, pero precisamente por eso estarán más cerca de las comunidades. Si el despacho consigue automatizarse de verdad, dice, tendrá tiempo para mantener más contacto diario con los propietarios y ofrecer un trato mucho más humano. La frase merece quedarse porque le da la vuelta a una oposición bastante cansina. Aquí la tecnología no aleja. Bien usada, devuelve tiempo y presencia.

Ese desplazamiento entre método y desgaste vuelve a aparecer cuando mira hacia atrás. Le habría gustado escuchar al principio que no se tomase todo tan personal y que aprendiese a desconectar. Y ese es exactamente el consejo que hoy daría a quien empieza: que aprenda a desconectar y a no llevarse los problemas a casa. No suena a eslogan amable ni a receta de bienestar. Suena, más bien, a una conclusión pagada con horas, con tensiones y con esa parte del oficio que no se ve en las actas pero sí pesa cuando el día termina.

Por eso, cuando le pregunto cómo le gustaría que se le recordase dentro de veinte años, no habla de cartera, ni de crecimiento, ni de modernización. Dice que como buena persona. Después de una conversación atravesada por juntas tensas, mensajes a cualquier hora, incidencias, validaciones, correos sospechosos y la necesidad constante de no dejar que todo te entre demasiado dentro, la respuesta tiene más peso del que parece. No añade teoría. No necesita hacerlo.

Antes de levantarse de la mesa deja una recomendación algo inesperada, Aprenda de la Mafia, porque, dice, enseña muchas cosas para gestionar una empresa. Y para seguir tirando del hilo propone a Sergio Vicente Ariza, Sergio Waliño, Félix y María. Pero la imagen que termina quedándose no es la de la lista, ni la del programa de gestión, ni la del móvil vibrando a deshora. Es la del paseo marítimo de Almería, el café, la tostada de tomate con jamón serrano y ese rato primero con el pequeño de la casa. Ahí, más que en cualquier discurso, se entiende lo que Lito intenta defender cuando habla de desconectar.

Citas destacadas

1 / 3
"WhatsApp es, con diferencia, lo que más me desgasta: hay quien cree que puede escribirte a cualquier hora y que tienes que contestar al momento."

— Lito Garay

Contenido bonus

Hay contenido adicional en preparación. Aún no está listo para publicar — prometemos que no es por falta de café.

Entrevistas relacionadas